La primera semana en La Torre pasó demasiado rápida.
Habituarse a una rutina madrugadora, envuelta en libros
jueves, 8 de agosto de 2019
Tras el primer día de emociones fuertes y la abundante cena, todos los alumnos se quedaron dormidos más pronto que tarde, cosa que no era de extrañar. Al día siguiente les esperaba el comienzo de un nuevo ciclo de sus vidas y debían reponerse del exhaustivo examen al que les había sometido el Gran Maestro Nero, que pese a su amabilidad, fue bastante severo a la hora de no dejarse derrotar fácilmente.
Al llegar el nuevo día se encontraron con que la primera clase era, efectivamente, de Nero. Para el alivio de todo el alumnado recién llegado no se trataba de ninguna clase de pruebas físicas ni de conocimientos del arte de la guerra, sino de historia de los reinos. Nero, por su parte, no consideraba realmente necesario contarle a la nobleza y a las altas alcurnias de los diferentes reinos el origen de su tierra, puesto que en teoría, deberían conocérsela como la palma de su mano por las enseñanzas básicas de sus padres y tutores allá en sus hogares. Nero era diferente: desde el comienzo se limitó a reflexionar sobre la tierra que habitaban y sus diversos climas, quiso ahondar, incluso interactuando y preguntando a los alumnos, sobre el conflicto que había estado asolando al Continente desde hacía eones, desde los primeros Fundadores -¿Alguno se plantea nuevamente, después de todo lo hablado en este rato de enriquecimiento cultural, el origen del conflicto entre Kashra Madre del Fuego, Khrom Corazón de Piedra y Arcadia Espada Blanca?- preguntó, sentándose sobre la mesa y cruzando los brazos, expectante.
-El origen del conflicto fue el que siempre ha sido, Gran Maestro- gruñó Odhín, aburrido -Ningún monarca rinde sus tierras y en ese entonces, el Continente no estaba dividido. Lucharon por lo que lucha un rey: su reino- varios alumnos asintieron ante la "sabiduría" del Jor.
-¿Alguien más?- Nero le apartó la mirada. Era un pensamiento simple y básico.
-¿Envidia?- preguntó desganada Zyra, soplándose de nuevo su rizo característico sobre la cara, al ver que nadie contestaba.
-¿Cuál sería la razón de la envidia?- inquirió Nero.
-...¿Poder?- de nuevo, otra respuesta fácil y aburrida.
-¿De verdad nada de lo que os he contado hasta ahora os hace pensar fuera del recipiente?- se exasperó un poco -¿Sí?- señaló a Arenea, que había alzado la mano
-¿Y si nos dices un ejemplo de cómo pensar fuera del recipiente?- preguntó con sumo respeto, mucho más educada que cuando le encaró en su despacho.
-Chica lista- rió Nero -Bien. Desde mi posición y mis conocimientos, si os interesa, os brindo la posibilidad de que contempléis el origen de esta guerra entre reinos como algo ajeno al poder. Es decir, en aquel entonces el Continente nisiquiera estaba conformado por 3 reinos distintos. En aquel entonces se conocía a esta tierra en conjunto como Luthran- algunas miradas se interesaron en esos nuevos conocimientos. Poco o nada había en los registros de los clanes sobre Luthran, el nombre del Continente -Kashra, Khrom y Arcadia solo fueron tres personas más en un mundo que no tenía unas fronteras divididas. Además, se especula que Khrom y Arcadia eran hermanos- aquello hizo que Sigrun se pusiera en pie, directamente.
-Gran Maestro, solicito que retires semejante pensamiento de tus enseñanzas- dijo con los ojos afilados como dagas
-¿Solicitas, Sigrun?- sí, apenas llevaban un día ahí y ya Nero se había aprendido bien quién era Sigrun y quién era Odhín -¿Al Gran Maestro?-
-A quien sea que ensucie el nombre de nuestro Fundador. Hermanarle con la sucia Fundadora de Arca es cuanto menos insultante para nuestra estirpe- tras aquellas palabras, hubo un silencio. Nero la observaba de forma inquisitiva durante largo rato hasta que por fin, le brindó una mano.
-Y he aquí el ejemplo de lo que pudo suceder. La llamada xenofobia, miedo, desdén y odio injustificado al que no es como nosotros. ¿Y si todo este ciclo de guerras y muerte se originó simplemente por el desconocimiento? ¿Por la falta de entendimiento?- Sigrun se sentó ante las reflexiones de Nero, ya que había quedado bastante en evidencia al no contener la lengua -Sigrun, si miras a Arenea, a tu lado- también sabía ya discernir quién era Arenea, cómo no -¿Qué ves en ella?-
-Veo una piel morena y un pelo negro bastante largo. Una cara bonita, joven, e inocente... fácil de machacar- entornó la mirada. Arenea por su parte apartó la vista.
-Sobra ese final, Sigrun-
-Es el final, sin embargo. A veces las batallas no acaban como uno quiere-
-Santos dioses...- Nero se rascó la nuca -Y tú, Arenea- señaló -¿Qué ves en ella?-
-Kassandra- se presentó la chica de ojos ligeramente rasgados. Tenía una fabulosa melena ondulada cayéndole sobre los hombros.
-Veo a una chica joven, de más o menos mi edad. Francamente guapísima- confesó con prudencia y amabilidad.
-¿Te genera algún rechazo?- ahondó Nero -Su aspecto, digo ¿Algo en su cara te hace odiarla? ¿En su expresión?- Kassandra solamente le dedicaba una sonrisa tan deslumbrante a la princesa Kashiri que casi podría describirse como seductora.
-¿Y alguna atracción?- preguntó Odhín de pronto -A lo mejor podéis darnos un buen espectáculo a los hombres de la clase. Ya sabéis, para conmemorar nuestro inicio en la Torre- rió bárbaro y despreocupado. Nero se acercó con velocidad al Jor, lo tomó de los cabellos como quien agarra una mata de hierba y le aplastó la cabeza contra la mesa -¡Eh!- gruñó, con la boca aplastada contra la mesa.
-¡Esta es la razón!- rugió Nero, perdiendo los nervios -¡Esta!- alzó la cabeza de Odhín -Contemplad bien el rostro de la guerra, pues es la de Odhín Jor, heredero de Krommar- el rubio dedicó una mirada asesina a Nero, que se la devolvió igual de tensa.
-Algún día te vas a arrepentir de esto, Gran Maestro- amenazó.
-Todos nos arrepentiremos si no aprendes a comportarte, Odhín. Y tú el primero- Nero le soltó -¡Se acabó la clase! Marchaos todos hasta el siguiente punto de encuentro con los maestros- airado, se arregló los cabellos hacia atrás y se reajustó el jubón. Nadie más dijo una palabra mientras salían del salón en el que habían estado reunidos. Arenea dedicó una última mirada al Gran Maestro, que negaba con la cabeza mirando a través de la ventana, al infinito. Ella sí podía entender lo que pensaba Nero, lo que quería transmitir... ¿Pero era posible?
Mientras pasaban los minutos y los alumnos iban de aquí para allá en la Torre, Arenea caminaba distraida junto a Zyra, que con su inquieta mirada aburrida iba identificando a todos los que pasaban cerca, tratando de ubicarles en sus diversos clanes -Ese de allí tiene pinta de Wyldhem ¿No te parece que tiene boca de wyvern, así como alargada?- se mofó y miró a Arenea, que mantenía la mirada perdida hacia el patio. Se había quedado parada ante el gran arco que daba salida y entrada al mismo -¿Qué te ha picado?-
-Estaba pensando en la clase de antes. En el Gran Maestro-
-Pff, a partir de ahora lo llamaremos el hombre más optimista del mundo. Mira que ponernos a buscar razones por la que puede iniciarse una guerra... Siempre es por poder o por como dice el cabeza hueca de Jor, por tierras-
-¿Tú crees?- preguntó la princesa, dubitativa.
-¿Alguna vez nos hemos peleado tú y yo por mi pelo rizado y tu cabello liso? Las diferencias físicas entre personas no generan discrepancias ni violencia. En todo Kashir jamás han llegado noticias sobre ello, así que...- iban a continuar el paso, pero entonces a oido de ambas llegó una dulce y emotiva melodía. Parecía un flautín tocado de una manera que ninguna de ellas había oido jamás. Era suave, recordaba a la hierba meciéndose en una cálida mañana de primavera, pero a su vez el sonido era agudo y podía cortar como la cuchilla más afilada.
-¿Qué es eso?- preguntó Arenea curiosa.
-¿El aviso para la hora de comer?- al decir aquello Zyra encogiéndose de hombros, vio cómo su amiga pasaba al patio un poco apresurada, guiada por la sed de conocimiento -Y.... allá va~- dijo para sí misma, siguiéndola con pereza.
Siguieron la música hasta un rincón más apartado del patio, donde sólo una figura se encontraba sentada en mitad del cesped, en la conocida postura seiza de Arca, sobre sus rodillas. Apenas hicieron ruido al encontrar al muchacho, que parecía un poco mayor que ellas, pero aún así se detuvo y giró el rostro para mirarlas.
-Disculpa- se apresuró Arenea, no queriamos molestar. Oímos la música y nos dio curiosidad y...-
-¿Nos?- Zyra la miró arqueando una ceja y Arenea la reprendió con la mirada.
-Kashiris ¿Verdad?- preguntó con suma amabilidad el muchacho. Tenía el pelo corto y un poco despeinado. Su cara no lucía la más mínima sombra de vello facial que amenazara con crecer y bajo la túnica de estudiante no parecía haber un cuerpo demasiado fornido, aunque sí era más alto que ambas cuando se puso en pie -No habéis interrumpido nada. A veces toco, precisamente, para comprobar si a alguien le importa- mostró el flautín tallado en madera. Tenía un color crema claro y se adivinaban vetas más oscuras a lo largo de su forma. Era un instrumento precioso.
-Somos Kashiris, sí- adelantó Arenea -¿Acaso... importa ese detalle?- pensó en Nero al preguntar aquello.
-En absoluto- sonrió el muchacho -Me llamo Ash Athos, y por mi apellido podréis adivinar que soy de Arca-
-Athos...- Arenea le estudió el rostro -¿Athos era el clan principal de Arca, no es así?- Ash asintió.
-¿Eres el heredero?- preguntó Zyra cruzándose de brazos. Arenea le dio un codazo -Ay ¿Qué pasa?-
-Se puede decir que sí- rió Ash -No pasa nada. No soy de los que se molestan porque quieran indagar en su vida-
-Eres un verdadero remanso de paz ¿eh?- apuntó la chica de cabellos rizados ante el sosiego con el que hablaba Ash.
-Procuro ser fiel a las enseñanzas de mi padre y mi clan- inclinó Ash ligeramente la cabeza -Curiosa es tu actitud, bastante cándida para con los desconocidos. Presumo que debes de ser la hermana menor de la casa Aavari. Un placer conocer a la princesa restante- dijo amablemente Ash mirando a Zyra, que a su vez miraba a Arenea y ésta última también le devolvía la mirada.
-¿Se... lo dices tú o me puedo reír ya?- frunció los labios para contener la risa.
-¿He dicho algo inadecuado?- Ash miró a ambas y por fin, empezaron a reirse.
-Algún día se me iba a pegar algo de ti, maldita seas. Ahora resulta que soy princesa- se mofó Zyra.
-Venga, no seas así. El chico está siendo más educado que toda la Torre junta-
-Siento si te he confundido con la princesa. Tengo entendido que en Kashir tenéis una sangre muy... caliente-
-Caliente, sí- dijo Zyra templando la risa -Pero no, no soy yo-
-Arenea Aavari. Encantada, príncipe Ash- dijo elegante y con un toque burlón inclinándole la cabeza igual que él había hecho antes.
-Encantado- rió el muchacho -Una confusión tonta y que espero pase por alto en los próximos minutos-
-Oh, ni de broma. Pienso ser la princesa Kashiri hasta el día de la Aprobación- comentó jocosa Zyra.
-Por mí, estupendo- bromeó Arenea, riéndose junto a Ash.
-Al menos se puede decir que las relaciones diplomáticas empiezan con buen pie- añadió el arcasi -Aunque en nuestra tierra no nos consideramos reyes, ni príncipes. No es mi título, por así decirlo-
-Oh, lo siento entonces- se apresuró Arenea.
-No hay nada que disculpar. Simplemente soy el heredero a falta de hermanos, en general. Llámame simplemente Ash. Y ya que nos conocemos, permíteme ser tu enlace a cualquier asunto pertinente a Arca que te surja en este lugar- un chico amable y educado, pero con una actitud muy confiada y seguro de sí mismo. Había algo en él, algo que guardaba en su interior. Pese a su cercanía, era difícil adivinar realmente si estaba siendo sincero o si simplemente estaba fingiendo. La Torre estaba repleta de gente verdaderamente interesante... y parecía que el heredero de Arca y el clan Athos iba a ser uno de los más llamativos en el periodo de Aprobación.
Al llegar el nuevo día se encontraron con que la primera clase era, efectivamente, de Nero. Para el alivio de todo el alumnado recién llegado no se trataba de ninguna clase de pruebas físicas ni de conocimientos del arte de la guerra, sino de historia de los reinos. Nero, por su parte, no consideraba realmente necesario contarle a la nobleza y a las altas alcurnias de los diferentes reinos el origen de su tierra, puesto que en teoría, deberían conocérsela como la palma de su mano por las enseñanzas básicas de sus padres y tutores allá en sus hogares. Nero era diferente: desde el comienzo se limitó a reflexionar sobre la tierra que habitaban y sus diversos climas, quiso ahondar, incluso interactuando y preguntando a los alumnos, sobre el conflicto que había estado asolando al Continente desde hacía eones, desde los primeros Fundadores -¿Alguno se plantea nuevamente, después de todo lo hablado en este rato de enriquecimiento cultural, el origen del conflicto entre Kashra Madre del Fuego, Khrom Corazón de Piedra y Arcadia Espada Blanca?- preguntó, sentándose sobre la mesa y cruzando los brazos, expectante.
-El origen del conflicto fue el que siempre ha sido, Gran Maestro- gruñó Odhín, aburrido -Ningún monarca rinde sus tierras y en ese entonces, el Continente no estaba dividido. Lucharon por lo que lucha un rey: su reino- varios alumnos asintieron ante la "sabiduría" del Jor.
-¿Alguien más?- Nero le apartó la mirada. Era un pensamiento simple y básico.
-¿Envidia?- preguntó desganada Zyra, soplándose de nuevo su rizo característico sobre la cara, al ver que nadie contestaba.
-¿Cuál sería la razón de la envidia?- inquirió Nero.
-...¿Poder?- de nuevo, otra respuesta fácil y aburrida.
-¿De verdad nada de lo que os he contado hasta ahora os hace pensar fuera del recipiente?- se exasperó un poco -¿Sí?- señaló a Arenea, que había alzado la mano
-¿Y si nos dices un ejemplo de cómo pensar fuera del recipiente?- preguntó con sumo respeto, mucho más educada que cuando le encaró en su despacho.
-Chica lista- rió Nero -Bien. Desde mi posición y mis conocimientos, si os interesa, os brindo la posibilidad de que contempléis el origen de esta guerra entre reinos como algo ajeno al poder. Es decir, en aquel entonces el Continente nisiquiera estaba conformado por 3 reinos distintos. En aquel entonces se conocía a esta tierra en conjunto como Luthran- algunas miradas se interesaron en esos nuevos conocimientos. Poco o nada había en los registros de los clanes sobre Luthran, el nombre del Continente -Kashra, Khrom y Arcadia solo fueron tres personas más en un mundo que no tenía unas fronteras divididas. Además, se especula que Khrom y Arcadia eran hermanos- aquello hizo que Sigrun se pusiera en pie, directamente.
-Gran Maestro, solicito que retires semejante pensamiento de tus enseñanzas- dijo con los ojos afilados como dagas
-¿Solicitas, Sigrun?- sí, apenas llevaban un día ahí y ya Nero se había aprendido bien quién era Sigrun y quién era Odhín -¿Al Gran Maestro?-
-A quien sea que ensucie el nombre de nuestro Fundador. Hermanarle con la sucia Fundadora de Arca es cuanto menos insultante para nuestra estirpe- tras aquellas palabras, hubo un silencio. Nero la observaba de forma inquisitiva durante largo rato hasta que por fin, le brindó una mano.
-Y he aquí el ejemplo de lo que pudo suceder. La llamada xenofobia, miedo, desdén y odio injustificado al que no es como nosotros. ¿Y si todo este ciclo de guerras y muerte se originó simplemente por el desconocimiento? ¿Por la falta de entendimiento?- Sigrun se sentó ante las reflexiones de Nero, ya que había quedado bastante en evidencia al no contener la lengua -Sigrun, si miras a Arenea, a tu lado- también sabía ya discernir quién era Arenea, cómo no -¿Qué ves en ella?-
-Veo una piel morena y un pelo negro bastante largo. Una cara bonita, joven, e inocente... fácil de machacar- entornó la mirada. Arenea por su parte apartó la vista.
-Sobra ese final, Sigrun-
-Es el final, sin embargo. A veces las batallas no acaban como uno quiere-
-Santos dioses...- Nero se rascó la nuca -Y tú, Arenea- señaló -¿Qué ves en ella?-
-Kassandra- se presentó la chica de ojos ligeramente rasgados. Tenía una fabulosa melena ondulada cayéndole sobre los hombros.
-Veo a una chica joven, de más o menos mi edad. Francamente guapísima- confesó con prudencia y amabilidad.
-¿Te genera algún rechazo?- ahondó Nero -Su aspecto, digo ¿Algo en su cara te hace odiarla? ¿En su expresión?- Kassandra solamente le dedicaba una sonrisa tan deslumbrante a la princesa Kashiri que casi podría describirse como seductora.
-¿Y alguna atracción?- preguntó Odhín de pronto -A lo mejor podéis darnos un buen espectáculo a los hombres de la clase. Ya sabéis, para conmemorar nuestro inicio en la Torre- rió bárbaro y despreocupado. Nero se acercó con velocidad al Jor, lo tomó de los cabellos como quien agarra una mata de hierba y le aplastó la cabeza contra la mesa -¡Eh!- gruñó, con la boca aplastada contra la mesa.
-¡Esta es la razón!- rugió Nero, perdiendo los nervios -¡Esta!- alzó la cabeza de Odhín -Contemplad bien el rostro de la guerra, pues es la de Odhín Jor, heredero de Krommar- el rubio dedicó una mirada asesina a Nero, que se la devolvió igual de tensa.
-Algún día te vas a arrepentir de esto, Gran Maestro- amenazó.
-Todos nos arrepentiremos si no aprendes a comportarte, Odhín. Y tú el primero- Nero le soltó -¡Se acabó la clase! Marchaos todos hasta el siguiente punto de encuentro con los maestros- airado, se arregló los cabellos hacia atrás y se reajustó el jubón. Nadie más dijo una palabra mientras salían del salón en el que habían estado reunidos. Arenea dedicó una última mirada al Gran Maestro, que negaba con la cabeza mirando a través de la ventana, al infinito. Ella sí podía entender lo que pensaba Nero, lo que quería transmitir... ¿Pero era posible?
Mientras pasaban los minutos y los alumnos iban de aquí para allá en la Torre, Arenea caminaba distraida junto a Zyra, que con su inquieta mirada aburrida iba identificando a todos los que pasaban cerca, tratando de ubicarles en sus diversos clanes -Ese de allí tiene pinta de Wyldhem ¿No te parece que tiene boca de wyvern, así como alargada?- se mofó y miró a Arenea, que mantenía la mirada perdida hacia el patio. Se había quedado parada ante el gran arco que daba salida y entrada al mismo -¿Qué te ha picado?-
-Estaba pensando en la clase de antes. En el Gran Maestro-
-Pff, a partir de ahora lo llamaremos el hombre más optimista del mundo. Mira que ponernos a buscar razones por la que puede iniciarse una guerra... Siempre es por poder o por como dice el cabeza hueca de Jor, por tierras-
-¿Tú crees?- preguntó la princesa, dubitativa.
-¿Alguna vez nos hemos peleado tú y yo por mi pelo rizado y tu cabello liso? Las diferencias físicas entre personas no generan discrepancias ni violencia. En todo Kashir jamás han llegado noticias sobre ello, así que...- iban a continuar el paso, pero entonces a oido de ambas llegó una dulce y emotiva melodía. Parecía un flautín tocado de una manera que ninguna de ellas había oido jamás. Era suave, recordaba a la hierba meciéndose en una cálida mañana de primavera, pero a su vez el sonido era agudo y podía cortar como la cuchilla más afilada.
-¿Qué es eso?- preguntó Arenea curiosa.
-¿El aviso para la hora de comer?- al decir aquello Zyra encogiéndose de hombros, vio cómo su amiga pasaba al patio un poco apresurada, guiada por la sed de conocimiento -Y.... allá va~- dijo para sí misma, siguiéndola con pereza.
Siguieron la música hasta un rincón más apartado del patio, donde sólo una figura se encontraba sentada en mitad del cesped, en la conocida postura seiza de Arca, sobre sus rodillas. Apenas hicieron ruido al encontrar al muchacho, que parecía un poco mayor que ellas, pero aún así se detuvo y giró el rostro para mirarlas.
-Disculpa- se apresuró Arenea, no queriamos molestar. Oímos la música y nos dio curiosidad y...-
-¿Nos?- Zyra la miró arqueando una ceja y Arenea la reprendió con la mirada.
-Kashiris ¿Verdad?- preguntó con suma amabilidad el muchacho. Tenía el pelo corto y un poco despeinado. Su cara no lucía la más mínima sombra de vello facial que amenazara con crecer y bajo la túnica de estudiante no parecía haber un cuerpo demasiado fornido, aunque sí era más alto que ambas cuando se puso en pie -No habéis interrumpido nada. A veces toco, precisamente, para comprobar si a alguien le importa- mostró el flautín tallado en madera. Tenía un color crema claro y se adivinaban vetas más oscuras a lo largo de su forma. Era un instrumento precioso.
-Somos Kashiris, sí- adelantó Arenea -¿Acaso... importa ese detalle?- pensó en Nero al preguntar aquello.
-En absoluto- sonrió el muchacho -Me llamo Ash Athos, y por mi apellido podréis adivinar que soy de Arca-
-Athos...- Arenea le estudió el rostro -¿Athos era el clan principal de Arca, no es así?- Ash asintió.
-¿Eres el heredero?- preguntó Zyra cruzándose de brazos. Arenea le dio un codazo -Ay ¿Qué pasa?-
-Se puede decir que sí- rió Ash -No pasa nada. No soy de los que se molestan porque quieran indagar en su vida-
-Eres un verdadero remanso de paz ¿eh?- apuntó la chica de cabellos rizados ante el sosiego con el que hablaba Ash.
-Procuro ser fiel a las enseñanzas de mi padre y mi clan- inclinó Ash ligeramente la cabeza -Curiosa es tu actitud, bastante cándida para con los desconocidos. Presumo que debes de ser la hermana menor de la casa Aavari. Un placer conocer a la princesa restante- dijo amablemente Ash mirando a Zyra, que a su vez miraba a Arenea y ésta última también le devolvía la mirada.
-¿Se... lo dices tú o me puedo reír ya?- frunció los labios para contener la risa.
-¿He dicho algo inadecuado?- Ash miró a ambas y por fin, empezaron a reirse.
-Algún día se me iba a pegar algo de ti, maldita seas. Ahora resulta que soy princesa- se mofó Zyra.
-Venga, no seas así. El chico está siendo más educado que toda la Torre junta-
-Siento si te he confundido con la princesa. Tengo entendido que en Kashir tenéis una sangre muy... caliente-
-Caliente, sí- dijo Zyra templando la risa -Pero no, no soy yo-
-Arenea Aavari. Encantada, príncipe Ash- dijo elegante y con un toque burlón inclinándole la cabeza igual que él había hecho antes.
-Encantado- rió el muchacho -Una confusión tonta y que espero pase por alto en los próximos minutos-
-Oh, ni de broma. Pienso ser la princesa Kashiri hasta el día de la Aprobación- comentó jocosa Zyra.
-Por mí, estupendo- bromeó Arenea, riéndose junto a Ash.
-Al menos se puede decir que las relaciones diplomáticas empiezan con buen pie- añadió el arcasi -Aunque en nuestra tierra no nos consideramos reyes, ni príncipes. No es mi título, por así decirlo-
-Oh, lo siento entonces- se apresuró Arenea.
-No hay nada que disculpar. Simplemente soy el heredero a falta de hermanos, en general. Llámame simplemente Ash. Y ya que nos conocemos, permíteme ser tu enlace a cualquier asunto pertinente a Arca que te surja en este lugar- un chico amable y educado, pero con una actitud muy confiada y seguro de sí mismo. Había algo en él, algo que guardaba en su interior. Pese a su cercanía, era difícil adivinar realmente si estaba siendo sincero o si simplemente estaba fingiendo. La Torre estaba repleta de gente verdaderamente interesante... y parecía que el heredero de Arca y el clan Athos iba a ser uno de los más llamativos en el periodo de Aprobación.
miércoles, 7 de agosto de 2019
Enfundarse por primera vez en el uniforme de La Torre tras un baño caliente fue una experiencia más embriagadora de lo que habría pensado.
Arenea había sido destinada a la misma habitación que sus hermanas, a las cuales aún no había tenido oportunidad de saludar. Dada la repentina necesidad del Gran Maestro de hacer un examen preliminar que se había prolongado a lo largo del día, las oportunidades de reencontrarse con ellas y saludar al resto de sus paisanos había sido prácticamente nula. Cuando por fin encontró un momento libre para ella sola el horario la obligaba a tomarse un baño antes de cenar, cosa que agradeció.
Las habitaciones estaban separadas en dos alas: en el lado derecho se alzaban cuatro plantas destinadas a los aposentos de las alumnas, y en el lado izquierdo de La Torre, las equivalentes para los alumnos. Por motivos de obligada flexibilidad en las relaciones, no había un patrón que dividiese las habitaciones por reinos. Sin ir más lejos, la habitación de las hermanas Aavari estaba justo frente a la habitación de un par de chicas de la casa de los Wyldhem. Por lo demás, cada habitación contaba con un total de entre dos y cuatro camas, escritorios en el mismo número y un baño. Para quienes provenían de palacios, como era el caso de los príncipes herederos de cada reino, la diferencia entre aquellos aposentos y los suyos propios debía ser casi abismal. Sin embargo, Arenea se permitió reflexionar sobre aquello. ¿Por qué necesitaría más? Una cama donde dormir, un baño donde asearse y una zona tranquila para estudiar era todo cuanto un alumno necesitaría en cualquier lugar. Allí estaban para transformarse en buenos líderes y no para holgazanear. Claro que, estaba segura, sus hermanas pensaban algo bastante distinto.
Tras una última mirada al único espejo de la habitación, el cual se situaba entre dos grandes armarios de madera oscura, se adecentó las pocas arrugas del uniforme. Un leve alisado con la mano sobre el pantalón de algodón y un par de sacudidas a la túnica fueron suficientes. El comenzar a acostumbrarse a verse así misma luciendo tonalidades tan oscuras lo dejaría para otro día. Dejó de observarse cuando se sintió preparada, y justo entonces salió de la habitación.
El ambiente frío de los anchos pasillos de mármol de La Torre la recibieron con los brazos abiertos. Por supuesto, acostumbrarse al frío tampoco iba a ser fácil. Casi al mismo tiempo que ella, Zyra salió de su habitación, la cual estaba a unas diez habitaciones alejada de la suya. La chica, que seguía despeinada, se encaminó hacia la princesa a paso rápido. Aquella velocidad tan repentina en una persona tan naturalmente pausada, hicieron saber a Arenea que tenía algo demasiado jugoso que contarle. — ¿Que te ocurre?— ¿Qué? ¿A mi? Nada ¿Por qué piensas que me ocurre algo? — preguntó extrañada. Tras un corto bufido, un mechón rizado que hasta entonces le tapaba un ojo, se elevó graciosamente sobre su rostro.
— Has venido corriendo.
— ¿Es que tu no estás intranquila estando aquí? — preguntó a la par que comenzó a caminar. — Después de ese recibimiento por el Gran Maestro, siento que mi padre me ha enviado al lado equivocado.
— No pienses más en ello. Ya ha pasado, estas dentro — intentó calmarla su amiga.
— No me preocupa estar dentro o no. Lo que me preocupa es que ese hombre no sea capaz de ser responsable con el cargo que ocupa. Ha enviado a casa a un grupo de alumnos que tenían tantas ganas como tú de estar aquí. Uno de ellos ha sido Berem, el hijo del Maestre.
— ¿Qué? ¿Como lo sabes? — preguntó Arenea sorprendida. El Maestre era el profesor de los Aavari. No solo la había instruido a ella y a sus hermanos desde que nacieron en historia, política y magia, sino que además era un hombre de reputación y envidiada experiencia en todo el reino.
— Mis compañeras de habitación son unas cotillas. Son de Rajit, unas primas del futuro Visir y... parece que se escondieron en una esquina del pasillo en el que está el despacho del Gran Maestro, a la espera de saber quién se quedaba y quien no después de que nos fuese nombrando uno por uno para darnos nuestra calificación.
— Pero eso es... horrible. ¿Qué dirá ahora su padre? Berem debe estar tan o incluso más instruido que yo o mi hermano. No puedo creer que haya sido rechazado por una simple... prueba.
— Yo tampoco me quedé muy convencida con el discursito del Gran Maestro, la verdad — se quejó Zyra, subiendo las escaleras que llevaban hasta el comedor.
— Bueno, olvidémoslo. Quizá nuestros padres consigan solucionarlo tras componer una queja formal. Evitemos pensar en ello y... disfrutemos de la cena. Estoy muerta de hambre.
Por desgracia para ambas, olvidar el tema sería imposible aquella noche. En el gran comedor, el cuchicheo era tan intenso que casi parecía que todos los alumnos estuviesen hablando en voz alta e incluso gritando.
Docenas, no, cientos de alumnos se repartían entre numerosas mesas circulares que se repartían por toda la sala, la cual estaba repleta de columnas de mármol, cuadros de óleos enormes que representaban numerosas escenas importantes en la historia de El Continente y enormes lámparas de araña. En el centro de la sala, la mesa más grande era la que estaba presidida por todo el profesorado. Arenea se permitió echarles un vistazo mientras se acercaba a las primeras mesas, más cercanas a la salida. Había menos profesores de los que esperaba, pero todos ellos compartían un semblante serio y preocupado. Hacían pequeños gestos y hablaban en voz baja. Estaban tan centrados debatiendo, que el griterío tan molesto que había a todo su alrededor no debía de molestarles. ¿Que era lo que les preocupaba tanto? Antes de poder encontrar respuesta, sintió un tirón en el brazo.
— ¡Arenea! ¡Oh por los dioses! ¡Cuanto has crecido! — Rania estaba emocionada. Sus ojos tan grandes del color de las almendras parecían querer romper a llorar.
— ¡No me puedo creer que haya llegado el día! ¡Venga, venga! ¡Abrazo de hermanas! — Anali se colocó al otro lado de Arenea, de forma que ambas mujeres aplastaron a su hermana pequeña en un abrazo que estaba llamando demasiado la atención.
— Yo también os he echado de menos — aseguró Arenea en voz baja, separándose de ambas lo más rápido que pudo.
— Pero mírate, estás más alta que hace tres años — aseguró Anali.
— Y te ha crecido muchísimo el pelo — añadió Rania, jugando con uno de los tirabuzones negros que caían por los hombros de su hermana pequeña. — Estás hecha toda una mujer. Qué orgullo. ¡Qué orgullo!
— Y vosotras estáis... igual que siempre — mintió Arenea. No estaban igual que siempre. Estaban más bellas que nunca. Rania y Anali eran dos mujeres preciosas, muy parecidas pero cada una con sus particularidades propias. Mientras Rania tenía el pelo rizado y una nariz graciosa, Anali tenía un rostro marcado pero tremendamente llamativo, exótico. Ambas habían heredado la belleza de su madre y cada año parecía que dicho atributo se potenciaba aún más... Mientras que Arenea... bueno. Arenea había heredado el intelecto de su padre. Y no es que se siéntese ofendida por ello, ni tampoco envidiaba demasiado a sus hermanas por aquella virtud, pero sabía perfectamente que si las piropeaba en aquel momento ambas se vendrían arriba. La princesa solo quería comer y descansar.
— Ven, siéntate con nosotras. Zyra, ven tu también.
Anali se movió entre las mesas, causando sensación entre los chicos y las chicas que dejaba atrás mientras caminaba. Se detuvo junto a Rania en una mesa grande, llena de paisanos de Kashir. No los conocía a todos, pero pensar que quizás aquellos serían nuevos amigos hizo que a la princesa se le hiciese un pequeño nudo en el estómago de emoción.
— ¿Arenea, te acuerdas de Jelani? — preguntó Rania tomando asiento. Jelani, una chica de tez negra y cabellos cortos saludó con una sencilla sonrisa. — Es la sobrina de los Asura.
— Oh, sí. Claro. Es que hace tanto que no nos vemos — sonrió Arenea nerviosa, tomando asiento con las manos temblorosas. Zyra se sentó a su lado, tan incómoda como ella.
— ¿Que tal la bienvenida? — preguntó Jelani — Ha sido muy rara este año. Estábamos debatiendo sobre ello ahora mismo. Es muy injusto todo.
— Bastante... extraña. Aun no entiendo qué está pasando.
— Jelani entró el año pasado y desde entonces come con nosotras.
— Mi primo también entró el año pasado, pero por alguna razón esta noche ha decidido comer en una mesa muy cercana a los Jor. ¡Eh, Rakesh! — gritó con total confianza Jelani, hasta que su voz llegó a los oídos de un chico enorme, ancho y de cabellos largos ondulados. El joven se dio la vuelta e hizo un gesto de lo más extraño con la mano. Sonrió y guiñó un ojo, para después volver a su cena. Arenea sabía quien era, pero no le recordaba tan corpulento. — Disculpadle. Es su forma de saludar.
— Y creo que a Siham no lo conoces aún. — explicó Anali, señalando a un chico de tez negra que tenía justo en frente. Tenía los labios gruesos y una sonrisa espléndida.
— ¿Qué pasa? — saludó coloquialmente. — Creo que nuestros padres no llegaron a reunirse lo suficiente para que nos conociésemos. Soy hijo de la legisladora Tiaret de Rajit.
— Un gusto conocerte — se limitó a decir Arenea, abrumada por la situación.
— ¿Y a tu primo no lo saludas? — El joven que estaba sentado justo al lado de Arenea, le dirigió una mirada de lo más perspicaz. La princesa se tomó unos instantes para poder reconocerle. Y justo cuando supo que, realmente, se trataba de su primo, abrió los ojos con sorpresa.
— ¡Anjay! ¡No puedo creérmelo! — Arenea se vio en la obligación de besar la mejilla de su primo, hijo del hermano de su padre, tras años y años sin verse. —¡Te recordaba totalmente distinto! ¡Mírate! ¡Tienes barba! —se carcajeó la princesa. No podía evitar bromear con el, ya que albergaba bonitos recuerdos de infancia con el chico, que, aunque serio y distante, siempre le había brindado momentos de felicidad que se quedarían para siempre en el recuerdo.
— Supongo que puedo decir lo mismo de ti. Eres idéntica a tu padre — aseguró en un tono serio algo tosco.
— Anjay, pensaba que ya... te habrías graduado — aseguró Arenea en voz baja, temerosa de ofenderle. Era un hombre tan serio y sombrío que, después de tantos años, temió no acertar con él. Efectivamente, el rostro de su primo se ensombreció aún más. Colocando un codo sobre la mesa, lanzó una mirada repleta de odio a su prima, y después, al resto de alumnos.
—Hace dos años que debía ser más que apto para volver a Kashir y ocupar los mismos cargos que ahora ocupa mi padre. Pero esta panda de ineptos... —insultó haciendo un gesto a sus espaldas, justo donde cenaban los profesores —... aseguran que no estoy listo.
—¿Como es posible?
—Los profesores dicen que es demasiado impulsivo —recordó Anali, lo que provocó una sonrisa jocosa a Ajay.
—Y también te has encarado un par de veces con alguno de ellos — añadió Rania. —Este año deberías controlarte, primo. Estoy segura de que este año será el tuyo.
—Bah —se limitó a contestar, pasando a ignorar a todos a quienes tenía al rededor.
—Bueno ¿Y si comemos ya? No es por nada, pero me muero de hambre y mi educación tiene un límite —amenazó Zyra. —Hola a todos, encantada, me alegro de estar aquí. Ahora a comer —instó la chica tras pronunciar las palabras con suma rapidez. Su insistencia no era para menos. Aunque Arenea no había reparado en ello, la mesa estaba repleta de comida. Había verduras asadas, pollo, frutas, queso y enormes hogazas de pan. El olor era tan delicioso, que de alguna forma todos comprendieron la necesidad de probar aquellos manjares de bienvenida que tenía Zyra. Pero cuando ésta tomó un cuchillo y un tenedor con cada mano, alguien interrumpió.
— ¿Puedo sentarme aquí?
—Oh, dioses, por favor, no puede ser... —gruñó Zyra, posando su frente sobre su plato vacío. El chico que había llegado y había posado sus manos sobre el respaldo del único asiento libre, no era otro que el heredero de los Rajit, Naka. Había viajado con Arenea, pero en ningún momento se habían saludado. Y no es porque se llevasen mal ni mucho menos. Tanto Naka como la familia Aavari habían contado con varias ocasiones para relacionarse. El chico de tez negra no había cambiado nada desde su niñez, de forma que la princesa había sabido quien era en todo momento... pero parecía tan callado e introvertido, que ni si quiera se había acercado a ella. Arenea, que también era algo avergonzada en según que circunstancias, tampoco dio su brazo a torcer.
—Es que no sabía con quien sentarme. Y dado que las hijas de mi rey están aquí, pensé que... lo más lógico era que pidiese el favor de compartir la cena con vosotras. Con todos mis respetos, claro. —insistió con apuro en la voz. Rania y Anali se miraron de forma que Arenea pudo leerles el pensamiento. Era sabido que los Rajit eran descarados y extrovertidos, de forma que la actitud de Naka era todo un misterio.
—Claro que sí, siéntate. Aquí no somos superiores a nadie. Somos unas alumnas más, hasta que nos castigan con limpiar las caballerizas, claro.
—Es un honor — respondió Naka, quien de forma inesperada, se inclinó hacia delante en señal de respeto. Arenea se llevó una mano a la frente, puesto que todos a su al rededor ya habían dirigido su mirada hacia aquella escena. Ya está, ya estaba marcada del todo.
—Por favor, Naka, siéntate. No hagas esas cosas. Van a pensar que somos... unas tontas engreídas —susurró Arenea.
—El chico ha tenido respeto —aseguró Ajay.
—Nadie parece tratar a sus futuros reyes con respeto aquí.
—¿Que no? — se carcajeó Siham — Tu no has visto como miran desde esta mañana a los herederos de Jor ¿No? Ni si quiera al futuro rey de Arca lo tratan como a in igual desde que ingresó el año pasado.
—¿Quien es el heredero de Arca? —preguntó Arenea con curiosidad, llevando su mirada a todas partes.
—Pues es...
—¡¡¡Por todos los dioses!!! ¡Voy a comenzar a comer yo sola! ¡¿Me acompañáis o yo si que voy a empezar a trataros como a basura?! —La voz de Zyra sonó tan exasperada, que todo el mundo se se puso a comer con rapidez, llenando de nuevo de paz y serenidad el agitado y hambriento cuerpo de la hija del tesorero.
Mientras comía, Arenea no pudo evitar buscar con la mirada a esos futuros líderes de los reinos contrarios. Odhin y Sigrun ya se habían presentado solos aquella mañana, una pareja de hermanos enormes, musculosos y de un cabello tan rubio que parecía oro. Todo el mundo les miraba, casi les idolatraba después de aquel alarde de capacidad ofensiva y defensiva que habían demostrado. Si no fuera porque eran hermanos, casi harían una pareja perfecta. Pero el heredero de Arca... ¿Quien era? ¿Era hijo único? ¿No tenía competencia para heredar el trono? Por más que la chica llevó su mirada a todas partes, no encontró a nadie que pudiese concordar con la imagen mental que se había hecho del futuro monarca de un reino tan singular.
Por un momento, se preguntó como El Continente se había visto envuelto en una guerra que duró eones hacía miles de años. Ella no tenía nada en contra de sus futuros compañeros de liderazgo. Y aunque estaba segura de que sería su hermano Vijay quien heredaría el trono de su padre, podía afirmar con total rotundidad que él tampoco. Y, aunque las normas eran bastante estrictas sobre las relaciones entre las distintas regiones... debía admitir que sentía demasiada curiosidad.
— ¿Puedo sentarme aquí?
—Oh, dioses, por favor, no puede ser... —gruñó Zyra, posando su frente sobre su plato vacío. El chico que había llegado y había posado sus manos sobre el respaldo del único asiento libre, no era otro que el heredero de los Rajit, Naka. Había viajado con Arenea, pero en ningún momento se habían saludado. Y no es porque se llevasen mal ni mucho menos. Tanto Naka como la familia Aavari habían contado con varias ocasiones para relacionarse. El chico de tez negra no había cambiado nada desde su niñez, de forma que la princesa había sabido quien era en todo momento... pero parecía tan callado e introvertido, que ni si quiera se había acercado a ella. Arenea, que también era algo avergonzada en según que circunstancias, tampoco dio su brazo a torcer.
—Es que no sabía con quien sentarme. Y dado que las hijas de mi rey están aquí, pensé que... lo más lógico era que pidiese el favor de compartir la cena con vosotras. Con todos mis respetos, claro. —insistió con apuro en la voz. Rania y Anali se miraron de forma que Arenea pudo leerles el pensamiento. Era sabido que los Rajit eran descarados y extrovertidos, de forma que la actitud de Naka era todo un misterio.
—Claro que sí, siéntate. Aquí no somos superiores a nadie. Somos unas alumnas más, hasta que nos castigan con limpiar las caballerizas, claro.
—Es un honor — respondió Naka, quien de forma inesperada, se inclinó hacia delante en señal de respeto. Arenea se llevó una mano a la frente, puesto que todos a su al rededor ya habían dirigido su mirada hacia aquella escena. Ya está, ya estaba marcada del todo.
—Por favor, Naka, siéntate. No hagas esas cosas. Van a pensar que somos... unas tontas engreídas —susurró Arenea.
—El chico ha tenido respeto —aseguró Ajay.
—Nadie parece tratar a sus futuros reyes con respeto aquí.
—¿Que no? — se carcajeó Siham — Tu no has visto como miran desde esta mañana a los herederos de Jor ¿No? Ni si quiera al futuro rey de Arca lo tratan como a in igual desde que ingresó el año pasado.
—¿Quien es el heredero de Arca? —preguntó Arenea con curiosidad, llevando su mirada a todas partes.
—Pues es...
—¡¡¡Por todos los dioses!!! ¡Voy a comenzar a comer yo sola! ¡¿Me acompañáis o yo si que voy a empezar a trataros como a basura?! —La voz de Zyra sonó tan exasperada, que todo el mundo se se puso a comer con rapidez, llenando de nuevo de paz y serenidad el agitado y hambriento cuerpo de la hija del tesorero.
Mientras comía, Arenea no pudo evitar buscar con la mirada a esos futuros líderes de los reinos contrarios. Odhin y Sigrun ya se habían presentado solos aquella mañana, una pareja de hermanos enormes, musculosos y de un cabello tan rubio que parecía oro. Todo el mundo les miraba, casi les idolatraba después de aquel alarde de capacidad ofensiva y defensiva que habían demostrado. Si no fuera porque eran hermanos, casi harían una pareja perfecta. Pero el heredero de Arca... ¿Quien era? ¿Era hijo único? ¿No tenía competencia para heredar el trono? Por más que la chica llevó su mirada a todas partes, no encontró a nadie que pudiese concordar con la imagen mental que se había hecho del futuro monarca de un reino tan singular.
Por un momento, se preguntó como El Continente se había visto envuelto en una guerra que duró eones hacía miles de años. Ella no tenía nada en contra de sus futuros compañeros de liderazgo. Y aunque estaba segura de que sería su hermano Vijay quien heredaría el trono de su padre, podía afirmar con total rotundidad que él tampoco. Y, aunque las normas eran bastante estrictas sobre las relaciones entre las distintas regiones... debía admitir que sentía demasiada curiosidad.
La muchedumbre presidida por el Gran Maestro llegó al patio exterior tras una procesión de constantes pasos en completo silencio. Se podía respirar la tensión, incluso saborearla. Nero era precisamente el primero en regocijarse de ello y no por maldad, sino por el placer que le proporcionaba el comprobar que todos aquellos que habían llegado nuevos a la Torre no eran fieros guerreros, sino muchachos y muchachas que no terminaban de saber bien qué estaban haciendo. Por desgracia, no era algo en general, aunque tampoco lo esperaba. Los miembros del reino de Krommar y algunos de Kashiri, como los Asura, estaban bastante cómodos con la situación. Mientras todos los alumnos se regaban en un inmenso círculo en lo ancho y enorme del patio, Nero fue capaz de comprobar las sonrisas de suficiencia y arrogancia que algunos de aquellos mocosos, como podría decirse, se permitían. Le crispaba los nervios.
-Bien- dijo mientras el grupo terminaba de posicionarse -La prueba que he mencionado será bastante sencilla. Aquí, a mi lado, podéis ver un grupo de armas de entrenamiento- efectivamente, había un par de soportes lleno de réplicas de armas reales pero talladas perfectamente en madera. Sin duda alguien había dedicado muchísimo tiempo y esfuerzo en darle un aspecto tan realista a aquellas armas de entrenamiento -Podéis escoger libremente el tipo de arma y cuántos a la vez querréis compartir el turno- Nero tomó una espada de madera y realizó unas maniobras con ella de forma que se lució un poco como experto espadachín. A algunos alumnos les impresionó, a otros les asustó... y a los aguerridos los excitó -Esta sencilla tarea consiste únicamente en desarmarme. Podéis utilizar cualquier método y os lo reitero: cualquier método- recalcó en un tono más alto -Me da igual la fuerza que empleéis, me da igual la destreza, la agilidad... Me da del todo igual si incluso usais la superioridad numérica. Esto es la última prueba que necesitáis para formar parte del futuro, del aprendizaje en la Torre, bajo nuestra tutela. No os amedrentéis ni sintáis que estáis ante un temible enemigo al que sois incapaces de derrotar. A fin de cuentas vosotros sois el futuro de los clanes y de los reinos. El futuro de este mundo- dicho aquello, oteó a todo el alumnado con cuidado y tomó una decisión -Como sois muchos, sería caótico dejaros decidir a vosotros el turno ¿verdad?- algunos asintieron -¡Pues así será!- rió Nero -Aquí os espero, majestades- se apoyó sobre la espada como si fuese un bastón y así permaneció, viendo como todos cuchicheaban entre sí. Mientras, Rody se acercó a Nero, seguido por Lokir, maestro y tutor de los alumnos de Krommar
-Señor- habló Rody
-Nero- suspiró Nero, corrigiéndole
-...Señor Nero- concluyó Rody -Los maestros hemos estado comentando esta sorprendente jugada por tu parte y hemos concluido que esto no debe ser más que una prueba sin importancia, con la mera intención de poner en tensión a los recién llegados ¿Verdad que sí?- sonrió bobalicón
-En absoluto- negó Nero con la cabeza -Quien no logre arrebatarme esta espada de madera de la mano, se verá de patitas en la calle y de regreso al hogar-
-¡Pero eso es injusto! Piensa en todos los que ya han pasado por la Torre en 200 años ¡Nadie ha tenido que pasar por semejante vergüenza!-
-Rody, Rody, Rody... qué poca fe veo que depositas en tu tutelados- agregó Lokir, que empezaba a comerse una manzana tan roja como como el rubí que llevaba en el anillo de la mano derecha. Decía que era una gota de la sangre del primer wyvern de Krommar.
-¿Es que tienes que seguirme allí donde vaya? ¿Y comentar en lo que sea que hable?-
-Lo mismo podría decirte. Esta mañana, antes de que el Gran Maestro se dignase a bajar a recibir a los aspirantes, cogiste exactamente las mismas piezas de comida que yo-
-Eso fue porque te entrometiste en mi conversación matutina con Alistar para compararme con el tamaño de sus músculos y la mala alimentación que me lleva a estar escuálido-
-La palabra fue fondón, no escuálido. Y no lo habría dicho si no fuera porque ayer te pillé observándome mientras entrenaba-
-¡No te habría observado de no ser porque me estuviste persiguiendo por la biblioteca y no me dejaste leer en paz, por lo que tuve que regresar horas después pasando por la sala de armas!-
-¡Te habría dejado leer a gusto y no te hubiese estado persiguiendo si no me hubieses quitado el día anterior mi pañuelo!- se lo sacó de la chaqueta de piel y se lo mostró tanto a Nero como al acusado Rody. Era un pañuelo bastante bonito, rojo al igual que el rubí y la manzana. Era prácticamente el color favorito de Lokir. Los bordes estaban bordados con trisqueles y runas Krom y el emblema del clan Wydhlem destacaba en el centro.
-Te lo vi la semana pasada y comprobé que estaba desgastado. Sólo lo remendé- se ofuscó Rody
-¿Y si te digo lo que te voy a remendar yo, cabezanieve?-
-¿Y si os calláis y volvéis con los demás?- gruñó Nero, carraspeando. Ambos maestros miraron a su alrededor para ver que todo el alumnado recién llegado los observaban y escuchaban. En el rostro de sendos maestros aparecieron los fantasmas de un rubor creciente y se desvandaron tan rápido como se acercaron al Gran Maestro. Nero rió pensando en lo poco que los conocía y lo fácil que era adivinar en tan corto tiempo la extraña relación que había entre ellos -En fin ¿Todos listos?-
Pocos fueron los valientes que se atrevieron a encarar a Nero en solitario y precisamente aquellos que lo hicieron fueron los que fueron prácticamente derrotados. El nuevo Gran Maestro de la Torre no era el mejor espadachín de los reinos ni de lejos pero se manejaba con una soltura encomiable, por lo que hijos, sobrinos y demás parientes cercanos de algún noble miembro de la casa real o de las casas vasallas acababan siendo demasiado negligentes para encararles en solitario y regresaban al grupo con una mano, un brazo o una pierna magullada por el severo golpe de la espada de madera. Casi podía decirse que Nero empezaba a arrepentirse de aquella prueba pues fueron varios los que nada más empezar ya estaban eliminados, hasta que por fin llegaron los más inteligentes.
Los primeros en conseguir la tan preciada victoria fueron los hermanos Odhin y Sigrun, con 1 año de edad entre ellos. Eran los futuros herederos de la casa Jor, clan soberano de Krommar. Ambos lucharon juntos en un 2 contra 1 y para agrado de Nero, vencieron con suma velocidad y facilidad. Ambos eran fuertes y hábiles luchadores capaces de compenetrarse a la perfección, de forma que mientras uno atacaba a Nero, el otro simplemente aprovechó para rodearle y desarmarle con un golpe seco en el brazo. Los aplausos se hicieron eco en el patio y hasta para los maestros fue fácil adivinar que la Torre y sus novatos ya tenían a dos nuevos ídolos a los que admirar hasta que llegase el día de su Aprobación.
De esa manera, los grupos se fueron sucediendo y cada vez eran más y más los que fueron consiguiendo la victoria, aunque en ocasiones fue tan reñido y difícil para los alumnos que consumieron grandes pedazos de tiempo. Cuando llegó el turno de Arenea y Zyra, ya casi caía el ocaso en el horizonte. Las chicas se miraban nerviosas por ello, puesto que a pesar de la gran cantidad de enemigos a los que se había enfrentado el Gran Maestro ni siquiera había empezado a sudar y a ellas ya se les notaba húmeda la frente sin haber comenzado.
-Un placer- dijo Nero -¿Vosotras sois...?-
-Arenea Aavari, de Kashir-
-Zyra- dijo la chica sin más, tensa como la vara que había tomado.
-Aavari- entornó la mirada Nero -¿Hija de Absalam Aavari? Hermana menor de Vijay-
-Eso es- asintió despacio con la espada en ambas manos
-Un honor conocer al miembro de la familia que me faltaba- inclinó ligeramente la cabeza con respeto y una pizquita de burla. La sonrisa brivona que le dedicó a la chica no hizo mejorar la situación de nervios -Arda roja la sangre-
-A-arda roja la sangre...- repitió Arenea. Era el lema de su familia, un grito de guerra que hacía siglos no se usaba en batalla. El Gran Maestro era culto, muy culto... y feroz.
La contienda no se prolongó en exceso, pero Arenea se mantuvo firme. Supo esquivarle, supo golpear y supo cuándo hacer gala de las excepcionales habilidades mágicas de la familia Aavari para despistar a Nero y desestabilizarle. Sin embargo, el Gran Maestro sabía que en el dúo, el punto débil era Zyra, pues mostraba muchísimo menos aptitudes que Arenea y que apenas parecía saber usar un hechizo sencillo. De esta forma, Nero cambió abruptamente de objetivo y se lanzó contra Zyra en un golpe brutal, lanzando una estocada directa a su estómago que, de impactar, hasta la desplazaría un par de metros y seguramente, le dañaría intermanente los intestinos. Arenea por supuesto no se quedó quieta y con un hábil y sutil movimiento de manos prendió fuego a la hoja de madera de Zyra. Al verlo, la amiga de la princesa comprendió que era una ayuda de última hora y aprovechó el fuego para lanzar un tajo justo antes de que Nero la golpease. El Gran Maestro se frenó ipso facto al saber que si se acercaba un paso más un furibundo palo envuelto en llamas le golpearía el rostro con contundencia y fue precisamente en ese cambio de planes cuando la princesa Aavari se aproximó por la retaguardia del Gran Maestro, le sostuvo la mano de la espada con una de sus manos y con el arma le apuntó directamente al cuello: no estaba desarmado, sino muerto, si fuera un combate real. Se hizo un silencio tan grande ante ese momento de expetación resuelto en un simple instante que, al igual que los hermanos Jor, se les recompensó a ambas con aplausos que no dejaban oír ni sus propias exhalaciones agitadas -Muy bien... Eso ha estado muy bien-
Después...
-Zyra no ha logrado pasar la prueba- sentenció Nero, sentado tras su gran mesa, imponente por la gran cantidad de papiros y manuscritos que había repartidos por toda ella.
-¿¡Qué!?- terció Arenea, mirando a su amiga. No era de extrañar y Zyra simplemente se limitó a fruncir los labios, bajar la cabeza y encogerse de hombros. Después miró a su amiga con los ojos un tanto húmedos, dolida un poco por su ineptitud. Prácticamente eran las últimas en conocer los resultados finales de la decisión del Gran Maestre y algunos habían sido aceptados cuando habían hecho lo mismo o hasta menos que Zyra. En otras circunstancias, la joven princesa Aavari, siempre elegante, entusiasta y respetuosa, habría aceptado la decisión de Nero y se habría despedido de su amiga... pero no era el caso -No es justo, Gran Maestro. Debo decirlo-
-Arenea...- Zyra le tomó la mano para que se callara. Nero la contemplaba con las manos entrelazadas sobre la mesa
-Di lo que tengas que decir, princesa Aavari- insistió él.
-No es justo, como digo- se le agolpaban las palabras en la garganta. El esfuerzo por decirlas era demasiado grandes -Zyra ha participado conmigo en el combate y fuiste derrotado ¿Por qué ella no es apta y yo sí? De no ser por nuestra ayuda mutua no lo habríamos logrado-
-De no ser por tu ayuda- apuntó Nero -Tú le encendiste la espada para evitar que me acercara a ella-
-¿Q-qué...?- Arenea no esperó aquel descubrimiento.
-No soy de los que se consideran inteligentes a cuenta de un título- Nero se dejó caer sobre su sillón -Pero no soy Gran Maestro por nada, chiquilla. Conozco a tu clan; conozco realmente a todos los clanes, personalmente. Sé hasta donde llegan vuestras cualidades y siendo tan jóvenes solamente tú, la Aavari, eres quien tiene aptitudes y conocimientos suficientes para encantar un arma en mitad de una contienda. Zyra, que tengo entendido es la hija del tesorero de tu clan- dijo agitando un manuscrito donde figuraba la información de la muchacha -no tiene ni cuenta con habilidades útiles para la magia ni las demostró cuando su vida, prácticamente, corría peligro-
-Pero...-
-Tiene razón- bufó Zyra -Deja de ponerte en evidencia, Arenea. Ya sabes que cuando dejamos Aavari para venir hasta aquí no ibamos a un juego de nuestro pueblo. Esto se trata de valer, de ser capaces de sobrevivir-
-Bien dicho, jovencita- asintió Nero
-¿Pero entonces es así?- Arenea volvió a mirar al Maestro -¿Esto es lo que significa finalmente la Torre? Sé que venimos a aprender, señor, pero no consideré que el aprendizaje y la formación para el futuro de estas tierras nacía de la fuerza bruta o el poder mágico- Nero comenzó a sonreír al oír esas palabras.
-¿Y qué, según su alteza, es necesario para proteger estas tierras?- se inclinó hacia ella, interesado.
-Fuerza y poder, sí- asintió la chica -Pero de nada sirve el poder y la fuerza si no se usa con determinación e inteligencia, sin sabiduría y sin capacidad de pensar una estrategia para doblegar a un enemigo teórico- Nero la contemplaba con ojos entornados -Y aliados- concluyó, apretando la mano de Zyra -Eso es lo que me enseñó mi padre y lo que después me recalcó mi hermano: el poder, la fuerza, la valentía y la sabiduría son las espadas del reino, pero el escudo es la gente: la familia, los amigos- miró a Zyra -Proteger a los aliados es proteger al reino. Pues el que es tu aliado, es un enemigo menos- tras aquellas palabras tan evocadoras, Nero comenzó a aplaudir suavemente.
-Dignas palabras del rey Absalam. Le enviaré una correspondencia agradeciendo que envíe a una hija tan bien educada a la Torre, que falta nos hace- Arenea y Zyra se miraron -Te he visto muy efusiva pronunciando estas palabras Arenea, pero en ningún momento he dicho que Zyra vaya a abandonar la Torre ¿O sí? Sólo he dicho que no ha superado la prueba-
-P-pero entonces...- la princesa se llevó una mano al cuello. Quizá debería haberse cortado la lengua antes de hablar sin saber.
-Veréis...- el Gran Maestro se levantó de la silla y caminó hacia ellas para transmitir cercanía -Como bien has dicho, Arenea, la Torre no está para juzgar la fuerza física ni las capacidades mágicas de alguien. La Torre está para enseñar y para determinar las aptitudes y habilidades de cada individuo de cara al futuro de los reinos. Sí, es verdad que Zyra no es una gran luchadora, pero sirve de inspiración, es un mecanismo para encender el... fuego- bromeó -que arde en una hipotética guardiana de Kashir- ambas se sonrieron entre ellas -Zyra se queda solamente porque puede ser un gan motor para tu desarrollo, Arenea, debes comprenderlo. Y tú, Zyra, debes estar a la altura: esfuérzate, estudia y practica. Deja un poco esa cara tan hosca de lado y mantente junto a tu amiga para que podáis lograr alcanzar objetivos más lejanos- sonrió amablemente al final.
-Muchas gracias, Gran Maestro- inclinó la cabeza Zyra -Me esforzaré tanto como mi cuerpo y mi alma me permitan-
-Juro solemnemente que yo también me esforzaré- añadió Arenea
-Por los dioses, jurar solemnemente- empezó a reir Nero -¿Ahora resulta que eres una avocada al servicio de tus superiores?- Arenea se ruborizó
-Id a la sala de ceremonias, en lo más alto. Allí se celebrara el primer banquete de bienvenida y podréis mezclaros con todos los demás. Muchos tenéis viejos amigos y familiares a los que visitar. Tus hermanas, por ejemplo. Menudo par de...-
-Siempre han dicho que son bellas, sí- completó Arenea sin muchas ganas de oír algún adjetivo soez sobre los atributos físicos de sus hermanas.
-Iba a decir mendrugas, descerebradas, pájaros sin plumas que ya se creen capaces de volar. Van a lo suyo y constantemente andan dando dolores de cabeza a Alistar y Jared. Id a conocerlos también-
-Sí, Gran Maestro- dijeron ambas.
-Marchad- finalizó Nero, aún sonriente.
-Bien- dijo mientras el grupo terminaba de posicionarse -La prueba que he mencionado será bastante sencilla. Aquí, a mi lado, podéis ver un grupo de armas de entrenamiento- efectivamente, había un par de soportes lleno de réplicas de armas reales pero talladas perfectamente en madera. Sin duda alguien había dedicado muchísimo tiempo y esfuerzo en darle un aspecto tan realista a aquellas armas de entrenamiento -Podéis escoger libremente el tipo de arma y cuántos a la vez querréis compartir el turno- Nero tomó una espada de madera y realizó unas maniobras con ella de forma que se lució un poco como experto espadachín. A algunos alumnos les impresionó, a otros les asustó... y a los aguerridos los excitó -Esta sencilla tarea consiste únicamente en desarmarme. Podéis utilizar cualquier método y os lo reitero: cualquier método- recalcó en un tono más alto -Me da igual la fuerza que empleéis, me da igual la destreza, la agilidad... Me da del todo igual si incluso usais la superioridad numérica. Esto es la última prueba que necesitáis para formar parte del futuro, del aprendizaje en la Torre, bajo nuestra tutela. No os amedrentéis ni sintáis que estáis ante un temible enemigo al que sois incapaces de derrotar. A fin de cuentas vosotros sois el futuro de los clanes y de los reinos. El futuro de este mundo- dicho aquello, oteó a todo el alumnado con cuidado y tomó una decisión -Como sois muchos, sería caótico dejaros decidir a vosotros el turno ¿verdad?- algunos asintieron -¡Pues así será!- rió Nero -Aquí os espero, majestades- se apoyó sobre la espada como si fuese un bastón y así permaneció, viendo como todos cuchicheaban entre sí. Mientras, Rody se acercó a Nero, seguido por Lokir, maestro y tutor de los alumnos de Krommar
-Señor- habló Rody
-Nero- suspiró Nero, corrigiéndole
-...Señor Nero- concluyó Rody -Los maestros hemos estado comentando esta sorprendente jugada por tu parte y hemos concluido que esto no debe ser más que una prueba sin importancia, con la mera intención de poner en tensión a los recién llegados ¿Verdad que sí?- sonrió bobalicón
-En absoluto- negó Nero con la cabeza -Quien no logre arrebatarme esta espada de madera de la mano, se verá de patitas en la calle y de regreso al hogar-
-¡Pero eso es injusto! Piensa en todos los que ya han pasado por la Torre en 200 años ¡Nadie ha tenido que pasar por semejante vergüenza!-
-Rody, Rody, Rody... qué poca fe veo que depositas en tu tutelados- agregó Lokir, que empezaba a comerse una manzana tan roja como como el rubí que llevaba en el anillo de la mano derecha. Decía que era una gota de la sangre del primer wyvern de Krommar.
-¿Es que tienes que seguirme allí donde vaya? ¿Y comentar en lo que sea que hable?-
-Lo mismo podría decirte. Esta mañana, antes de que el Gran Maestro se dignase a bajar a recibir a los aspirantes, cogiste exactamente las mismas piezas de comida que yo-
-Eso fue porque te entrometiste en mi conversación matutina con Alistar para compararme con el tamaño de sus músculos y la mala alimentación que me lleva a estar escuálido-
-La palabra fue fondón, no escuálido. Y no lo habría dicho si no fuera porque ayer te pillé observándome mientras entrenaba-
-¡No te habría observado de no ser porque me estuviste persiguiendo por la biblioteca y no me dejaste leer en paz, por lo que tuve que regresar horas después pasando por la sala de armas!-
-¡Te habría dejado leer a gusto y no te hubiese estado persiguiendo si no me hubieses quitado el día anterior mi pañuelo!- se lo sacó de la chaqueta de piel y se lo mostró tanto a Nero como al acusado Rody. Era un pañuelo bastante bonito, rojo al igual que el rubí y la manzana. Era prácticamente el color favorito de Lokir. Los bordes estaban bordados con trisqueles y runas Krom y el emblema del clan Wydhlem destacaba en el centro.
-Te lo vi la semana pasada y comprobé que estaba desgastado. Sólo lo remendé- se ofuscó Rody
-¿Y si te digo lo que te voy a remendar yo, cabezanieve?-
-¿Y si os calláis y volvéis con los demás?- gruñó Nero, carraspeando. Ambos maestros miraron a su alrededor para ver que todo el alumnado recién llegado los observaban y escuchaban. En el rostro de sendos maestros aparecieron los fantasmas de un rubor creciente y se desvandaron tan rápido como se acercaron al Gran Maestro. Nero rió pensando en lo poco que los conocía y lo fácil que era adivinar en tan corto tiempo la extraña relación que había entre ellos -En fin ¿Todos listos?-
Pocos fueron los valientes que se atrevieron a encarar a Nero en solitario y precisamente aquellos que lo hicieron fueron los que fueron prácticamente derrotados. El nuevo Gran Maestro de la Torre no era el mejor espadachín de los reinos ni de lejos pero se manejaba con una soltura encomiable, por lo que hijos, sobrinos y demás parientes cercanos de algún noble miembro de la casa real o de las casas vasallas acababan siendo demasiado negligentes para encararles en solitario y regresaban al grupo con una mano, un brazo o una pierna magullada por el severo golpe de la espada de madera. Casi podía decirse que Nero empezaba a arrepentirse de aquella prueba pues fueron varios los que nada más empezar ya estaban eliminados, hasta que por fin llegaron los más inteligentes.
Los primeros en conseguir la tan preciada victoria fueron los hermanos Odhin y Sigrun, con 1 año de edad entre ellos. Eran los futuros herederos de la casa Jor, clan soberano de Krommar. Ambos lucharon juntos en un 2 contra 1 y para agrado de Nero, vencieron con suma velocidad y facilidad. Ambos eran fuertes y hábiles luchadores capaces de compenetrarse a la perfección, de forma que mientras uno atacaba a Nero, el otro simplemente aprovechó para rodearle y desarmarle con un golpe seco en el brazo. Los aplausos se hicieron eco en el patio y hasta para los maestros fue fácil adivinar que la Torre y sus novatos ya tenían a dos nuevos ídolos a los que admirar hasta que llegase el día de su Aprobación.
De esa manera, los grupos se fueron sucediendo y cada vez eran más y más los que fueron consiguiendo la victoria, aunque en ocasiones fue tan reñido y difícil para los alumnos que consumieron grandes pedazos de tiempo. Cuando llegó el turno de Arenea y Zyra, ya casi caía el ocaso en el horizonte. Las chicas se miraban nerviosas por ello, puesto que a pesar de la gran cantidad de enemigos a los que se había enfrentado el Gran Maestro ni siquiera había empezado a sudar y a ellas ya se les notaba húmeda la frente sin haber comenzado.
-Un placer- dijo Nero -¿Vosotras sois...?-
-Arenea Aavari, de Kashir-
-Zyra- dijo la chica sin más, tensa como la vara que había tomado.
-Aavari- entornó la mirada Nero -¿Hija de Absalam Aavari? Hermana menor de Vijay-
-Eso es- asintió despacio con la espada en ambas manos
-Un honor conocer al miembro de la familia que me faltaba- inclinó ligeramente la cabeza con respeto y una pizquita de burla. La sonrisa brivona que le dedicó a la chica no hizo mejorar la situación de nervios -Arda roja la sangre-
-A-arda roja la sangre...- repitió Arenea. Era el lema de su familia, un grito de guerra que hacía siglos no se usaba en batalla. El Gran Maestro era culto, muy culto... y feroz.
La contienda no se prolongó en exceso, pero Arenea se mantuvo firme. Supo esquivarle, supo golpear y supo cuándo hacer gala de las excepcionales habilidades mágicas de la familia Aavari para despistar a Nero y desestabilizarle. Sin embargo, el Gran Maestro sabía que en el dúo, el punto débil era Zyra, pues mostraba muchísimo menos aptitudes que Arenea y que apenas parecía saber usar un hechizo sencillo. De esta forma, Nero cambió abruptamente de objetivo y se lanzó contra Zyra en un golpe brutal, lanzando una estocada directa a su estómago que, de impactar, hasta la desplazaría un par de metros y seguramente, le dañaría intermanente los intestinos. Arenea por supuesto no se quedó quieta y con un hábil y sutil movimiento de manos prendió fuego a la hoja de madera de Zyra. Al verlo, la amiga de la princesa comprendió que era una ayuda de última hora y aprovechó el fuego para lanzar un tajo justo antes de que Nero la golpease. El Gran Maestro se frenó ipso facto al saber que si se acercaba un paso más un furibundo palo envuelto en llamas le golpearía el rostro con contundencia y fue precisamente en ese cambio de planes cuando la princesa Aavari se aproximó por la retaguardia del Gran Maestro, le sostuvo la mano de la espada con una de sus manos y con el arma le apuntó directamente al cuello: no estaba desarmado, sino muerto, si fuera un combate real. Se hizo un silencio tan grande ante ese momento de expetación resuelto en un simple instante que, al igual que los hermanos Jor, se les recompensó a ambas con aplausos que no dejaban oír ni sus propias exhalaciones agitadas -Muy bien... Eso ha estado muy bien-
Después...
-Zyra no ha logrado pasar la prueba- sentenció Nero, sentado tras su gran mesa, imponente por la gran cantidad de papiros y manuscritos que había repartidos por toda ella.
-¿¡Qué!?- terció Arenea, mirando a su amiga. No era de extrañar y Zyra simplemente se limitó a fruncir los labios, bajar la cabeza y encogerse de hombros. Después miró a su amiga con los ojos un tanto húmedos, dolida un poco por su ineptitud. Prácticamente eran las últimas en conocer los resultados finales de la decisión del Gran Maestre y algunos habían sido aceptados cuando habían hecho lo mismo o hasta menos que Zyra. En otras circunstancias, la joven princesa Aavari, siempre elegante, entusiasta y respetuosa, habría aceptado la decisión de Nero y se habría despedido de su amiga... pero no era el caso -No es justo, Gran Maestro. Debo decirlo-
-Arenea...- Zyra le tomó la mano para que se callara. Nero la contemplaba con las manos entrelazadas sobre la mesa
-Di lo que tengas que decir, princesa Aavari- insistió él.
-No es justo, como digo- se le agolpaban las palabras en la garganta. El esfuerzo por decirlas era demasiado grandes -Zyra ha participado conmigo en el combate y fuiste derrotado ¿Por qué ella no es apta y yo sí? De no ser por nuestra ayuda mutua no lo habríamos logrado-
-De no ser por tu ayuda- apuntó Nero -Tú le encendiste la espada para evitar que me acercara a ella-
-¿Q-qué...?- Arenea no esperó aquel descubrimiento.
-No soy de los que se consideran inteligentes a cuenta de un título- Nero se dejó caer sobre su sillón -Pero no soy Gran Maestro por nada, chiquilla. Conozco a tu clan; conozco realmente a todos los clanes, personalmente. Sé hasta donde llegan vuestras cualidades y siendo tan jóvenes solamente tú, la Aavari, eres quien tiene aptitudes y conocimientos suficientes para encantar un arma en mitad de una contienda. Zyra, que tengo entendido es la hija del tesorero de tu clan- dijo agitando un manuscrito donde figuraba la información de la muchacha -no tiene ni cuenta con habilidades útiles para la magia ni las demostró cuando su vida, prácticamente, corría peligro-
-Pero...-
-Tiene razón- bufó Zyra -Deja de ponerte en evidencia, Arenea. Ya sabes que cuando dejamos Aavari para venir hasta aquí no ibamos a un juego de nuestro pueblo. Esto se trata de valer, de ser capaces de sobrevivir-
-Bien dicho, jovencita- asintió Nero
-¿Pero entonces es así?- Arenea volvió a mirar al Maestro -¿Esto es lo que significa finalmente la Torre? Sé que venimos a aprender, señor, pero no consideré que el aprendizaje y la formación para el futuro de estas tierras nacía de la fuerza bruta o el poder mágico- Nero comenzó a sonreír al oír esas palabras.
-¿Y qué, según su alteza, es necesario para proteger estas tierras?- se inclinó hacia ella, interesado.
-Fuerza y poder, sí- asintió la chica -Pero de nada sirve el poder y la fuerza si no se usa con determinación e inteligencia, sin sabiduría y sin capacidad de pensar una estrategia para doblegar a un enemigo teórico- Nero la contemplaba con ojos entornados -Y aliados- concluyó, apretando la mano de Zyra -Eso es lo que me enseñó mi padre y lo que después me recalcó mi hermano: el poder, la fuerza, la valentía y la sabiduría son las espadas del reino, pero el escudo es la gente: la familia, los amigos- miró a Zyra -Proteger a los aliados es proteger al reino. Pues el que es tu aliado, es un enemigo menos- tras aquellas palabras tan evocadoras, Nero comenzó a aplaudir suavemente.
-Dignas palabras del rey Absalam. Le enviaré una correspondencia agradeciendo que envíe a una hija tan bien educada a la Torre, que falta nos hace- Arenea y Zyra se miraron -Te he visto muy efusiva pronunciando estas palabras Arenea, pero en ningún momento he dicho que Zyra vaya a abandonar la Torre ¿O sí? Sólo he dicho que no ha superado la prueba-
-P-pero entonces...- la princesa se llevó una mano al cuello. Quizá debería haberse cortado la lengua antes de hablar sin saber.
-Veréis...- el Gran Maestro se levantó de la silla y caminó hacia ellas para transmitir cercanía -Como bien has dicho, Arenea, la Torre no está para juzgar la fuerza física ni las capacidades mágicas de alguien. La Torre está para enseñar y para determinar las aptitudes y habilidades de cada individuo de cara al futuro de los reinos. Sí, es verdad que Zyra no es una gran luchadora, pero sirve de inspiración, es un mecanismo para encender el... fuego- bromeó -que arde en una hipotética guardiana de Kashir- ambas se sonrieron entre ellas -Zyra se queda solamente porque puede ser un gan motor para tu desarrollo, Arenea, debes comprenderlo. Y tú, Zyra, debes estar a la altura: esfuérzate, estudia y practica. Deja un poco esa cara tan hosca de lado y mantente junto a tu amiga para que podáis lograr alcanzar objetivos más lejanos- sonrió amablemente al final.
-Muchas gracias, Gran Maestro- inclinó la cabeza Zyra -Me esforzaré tanto como mi cuerpo y mi alma me permitan-
-Juro solemnemente que yo también me esforzaré- añadió Arenea
-Por los dioses, jurar solemnemente- empezó a reir Nero -¿Ahora resulta que eres una avocada al servicio de tus superiores?- Arenea se ruborizó
-Id a la sala de ceremonias, en lo más alto. Allí se celebrara el primer banquete de bienvenida y podréis mezclaros con todos los demás. Muchos tenéis viejos amigos y familiares a los que visitar. Tus hermanas, por ejemplo. Menudo par de...-
-Siempre han dicho que son bellas, sí- completó Arenea sin muchas ganas de oír algún adjetivo soez sobre los atributos físicos de sus hermanas.
-Iba a decir mendrugas, descerebradas, pájaros sin plumas que ya se creen capaces de volar. Van a lo suyo y constantemente andan dando dolores de cabeza a Alistar y Jared. Id a conocerlos también-
-Sí, Gran Maestro- dijeron ambas.
-Marchad- finalizó Nero, aún sonriente.
martes, 6 de agosto de 2019
Jamás había pasado tanto frío en toda su vida.
Cruzar las fronteras de Aavari por primera vez en su vida ya había supuesto un cambio climático brusco: seguía haciendo calor, pero la brisa marina había desaparecido. El ambiente era espeso, casi irrespirable en la frontera de la tierra de Asura. Durante horas, la única humedad que había conseguido percibir en el ambiente era la de su propio sudor y el de quienes la acompañaban. Ninguno de sus familiares y parientes lejanos parecía poder soportar aquella presión climática, ni si quiera los rajitas cuando se unieron en mitad de la travesía. El agua disponible empezó a reducirse de forma drástica. Arenea y Zyra gastaron sus propias ánforas en cuestión de un par de horas, y por vergüenza, decidieron no pedir más ni al resto de viajeros ni a los propios soldados que los custodiaban. Solo los asurianos parecían estar cómodos con el sol sobre sus cabezas, tanto, que algunos ni si quiera optaron por viajar en carros, sino que lo hicieron por su propio pie.
Sin embargo, todo cambio cuando los límites de Kashir comenzaron a dibujarse frente a sus narices. Del sol abrasador pasaron a una noche fría y semi nublada, que aunque los hizo respirar de nuevo con normalidad, consiguió que antes de que llegase el amanecer los viajeros se envolviesen en los ropajes más cálidos del equipaje para poder descansar con tranquilidad. Al día siguiente, el calor desapareció. La brisa fría que se colaba entre los árboles del primer bosque con el que se toparon hizo que a los presentes se les erizasen los vellos del cuerpo. Algún que otro estornudo resonó entre el vocerío y el jaleo de los numerosos jóvenes que marchaban hacia La Torre, quienes en vez de tomarlo como un aviso de un futuro resfriado, lo tomaron como una novedad casi excitante. Era un hecho. Ninguno de los futuros estudiantes había salido de Kashir en su vida.
— Llevamos desde que tenemos uso de razón preparándonos para lo que nuestros padres siempre han deseado. Ninguno profesor va a poder negar eso —respondió Zyra con pereza, extendiéndose aún más sobre su posición.
— Sí, pero... Podríamos quedarnos en blanco, podríamos ser torpes en comparación al resto de alumnos, o... ¡Podríamos haber estado estudiando toda nuestra vida con profesores incompetentes! —se asustó.
—¿Yo más torpe que tus hermanas? No me hagas reír. —bufó.
—Rania y Anali son más listas de lo que tu crees.
—Pues nunca se han comportado como tal y dudo mucho que lo estén haciendo ahora. De todas formas, como sigas teniendo ataques de nervios te prometo que me voy a mi propio carro — amenazó.
— ¡No! Por favor, no lo hagas — suplicó la princesa. — Eres mi única amiga aquí. No conozco a nadie más y aborrezco estar sola. Y lo sabes — recordó. — Además, no llegaremos hasta mañana por la mañana. Ni si quiera tu podrías aguantar el aburrimiento de estar sola en tu propio carro todo un día.
— Bueno, siempre podría asomarme por la ventanilla y tirarle piedrecitas a los rajitas. Me han dicho que tienen la mecha muy corta.
— No estás hablando en serio.
— ¡¿Como voy a hablar en serio?! — se carcajeó — ¿Te imaginas? El Continente entra en guerra y no es porque los reinos vuelvan a enfrentarse como antaño, sino porque los mandamases de Kashir rompen la paz de toda una vida y se pelean entre ellos porque la hija del tesorero de Aavari le tiró piedrecitas al hijo segundo del clan Rajit —dramatizó.
— Bromas a parte, se espera mucho de nosotras. — Insistió Arenea.
— Ya lo se...
— La paz entre los reinos ha sido algo muy difícil de conseguir para nuestros antepasados. Aunque mi padre y los reyes de Krommar y Arca sigan manteniendo conversaciones gentiles, La Torre no es más que otra forma para conseguir los lazos entre nosotros se mantengan igualmente tranquilos, a la par que se nos instruye, claro.
— ¿A caso temes no ser preparada para eso precisamente? ¿Para procurar que todo siga como está?
— Yo... Solo quiero no dar ningún problema a Vijay. Si meto la pata en... — Arenea no consiguió terminar la frase, puesto que un cojín de seda color fuccia se estampó contra su rostro justo después de que Zyra se lo arrojara. Cuando la princesa miró a su amiga, ésta tenía los ojos en blanco y los brazos extendidos en señal de exasperación. Por ello, otro cojín voló en el interior del carro hasta impactar sobre el cuerpo de la chica, consiguiendo que, por fin, apartase aquella postura tan descuidada. Las risas no tardaron en estallar, así como las preocupaciones desaparecieron sin que ninguna de las dos se diesen cuenta. Eran demasiado jóvenes, demasiado vivas y demasiado capaces. Y no solo ellas. Todos los jóvenes que componían la caravana eran tal y como ellas eran. Una generación llena de vida que no temía a nada.
Al día siguiente, el frío fue aún más intenso que el anterior, de forma que el ánimo de los jóvenes se vio algo más decaído a pesar de que ya atravesaban las llanuras que rodeaban a La Torre. Ningún joven se quedo en su carro cuando la enorme figura de piedra y mármol se dibujó en el horizonte, tan imponente y elegante que dejó con la boca abierta a más de uno.
La arquitectura de Kashir era demasiado distinta: mientras que en Aavari predominaban los techos circulares y coloridos, en Rajit sólo había pequeñas viviendas bajas y desprovistas de color. Ni si quiera la casa vasalla contaba con un hogar lujosos y destacado. Y por su parte, en Asura todas las estructuras eran desiguales y se presentaban amontonadas de forma irregular las unas sobre las otras. Ninguna ciudad ni ningún lugar de Kashir hubiese construido jamás algo similar a La Torre, y eso es algo que Aranea lamentó.
Su corazón latía desbocado, así dedos temblaban aun estando encerrados en su puño. La simple idea de comenzar una nueva etapa de su vida, separada de su padre y encaminada a convertirse en una heredera ideal para Aavari y todo Kashir, la emocionaba demasiado. Zyra, sin embargo, presentaba el rostro aburrido de siempre. Su situación era distinta ya que no poseía ningún titulo noble en Aavari ni en ninguna de las casas vasallas. Su padre era el tesorero del reino y solo por ello su vida se había visto envuelta en comodidades. Las buenas relaciones entre sus padres habían conseguido que ambas trabasen amistad desde niñas, pero era un hecho que el futuro que el destino les encomendaría no tenía nada que ver. Mientras que Arenea se convertiría en la dueña de buena parte de las tierras de Aavari, si es que no se casaba con el heredero de otras, Zyra heredaría el cargo de su padre. Un cargo soso y aburrido según ella, pero lo suficientemente importante como para que tuviese derecho a estudiar en La Torre. Ambas chicas se miraron, Arenea con emoción en los ojos y Zyra con una media sonrisa en los labios, más alegre por la felicidad de su amiga que por su propia suerte.
A los pies de La Torre un sin fin de nuevos estudiantes se congregaron. Las diferencias entre todos ellos eran palpables, ya que ni en físico, aspecto y ropajes se parecían los unos con los otros. Que no se observasen los unos a los otros a medida que entraban por la puerta principal de La Torre, era casi imposible. Y es que, a pesar de que El Continente era pequeño, las similitudes entre los reinos eran pocas. Quienes vivían en Kashir, como Arenea y Zyra, presentaban la tez tostada u oscura, así como cabellos de color negro en la mayoría de las veces. Además, sus ropajes eran ligeros debido al clima del sur, coloridos y llamativos. Sin embargo, los alumnos que provenían de Krommar eran el polo opuesto en todos los sentidos, ya que como norteños, eran rubios y pelirrojos y sus pieles tan claras como la leche. El frío de las montañas hacía que vistiesen ropas pesadas y pieles de animales de tonalidades grisáceas y oscuras, y casi todos tenían una expresión dura y estricta. Por último, quienes provenían de Arca eran quienes se presentaban como los más inverosímiles en aquella situación, ya que no tenían un patrón claro y marcado de estilo y cultura como los demás. En Arca, convivían desde hacía milenos dos culturas bien distintas que fueron fusionadas. El hierro se mezclaba con la seda, los cabellos rubios con los de ébano, las espadas con las katanas y los ojos claros y redondos con los rasgados y oscuros. De ahí a que, sin lugar a dudas, fuesen ellos el centro de atención aquel día.
Arenea terminó agradeciendo aquel hecho. Pensaba que por ser la única princesa de la nueva promoción los ojos se centrarían en ella y eso le producía un nudo en el estómago irreparable en aquellas circunstancias. Solo de imaginarse que aquel temor se hubiese cumplido, su labio inferior le tembló con voluntad propia. Solo cuando Zyra le tomó la mano y la instó a entrar con ella al ala central de la entrada, consiguió tomar aire. Por fin. Oficialmente, estaba sirviendo a su reino.
El interior de La Torre fue todo cuanto había imaginado. El suelo estaba hecho de puro mármol oscuro, así como los pilares que sujetaban tan alta estructura y las escaleras que, sospechaba, se harían infinitas hasta alcanzar la cúspide. Las grandes figuras de piedra de los Fundadores se alzaban tan ceremoniales como en sus respectivos palacios, con miradas justicieras y estrictas sobre los nuevos alumnos y los antiguos, quienes empezaron a congregarse en las escaleras, a espaldas de todos los profesores que se colocaron en perfecta fila para dar la bienvenida. Por encima de tantas cabezas, la mayoría más altas que ella, Arenea consiguió diferenciar los rostros de sus hermanas entre la multitud. Ambas dieron saltos de alegría y alzaron las manos para saludarla cuando la vieron, y aunque Arenea deseó hacer lo mismo, decidió no revelarse tan pronto.
Pocos segundos después de que entrara el último alumno, el profesor que se situaba en el centro de la fila dio un paso adelante. Era joven, cosa que la princesa sí que no había imaginado. Su rostro apenas presentaba arrugas así como su cabellera castaña espesa apenas estaba salpicada de canas. Un parche le cubría un ojo que, de alguna forma, ya sentía curiosidad por saber como había perdido. Y su porte... bueno, su porte tampoco era el que había pensado. Esperaba a un hombre mayor, sabio y experimentado como Gran Maestro, y aunque no podía adivinar cual era la inteligencia y la capacidad de aquel hombre sin tan siquiera conocerle, imaginó que experiencia... no debía tener la suficiente.
Se presentó con tono alegre y relajado, tan sereno que apenas infundió respeto en los nuevos alumnos ni tampoco en los antiguos, a juzgar por sus rostros. Algunos se miraban con extrañeza mientras que otros se reían y cuchicheaban en voz baja. Arenea casi se sintió decepcionada ante aquel hecho, hasta que el Gran Maestro anunció, por sorpresa, que se someterían en aquel mismo instante a una prueba. Una prueba que decidiría si finalmente eran dignos de ser alumnos de La Torre o no.
En mitad de las quejas, las súplicas, los lamentos y las preguntas en voz alta, la princesa miró a su amiga con un rostro tan preocupado que parecía que se iba a desmayar. — ¿Ahora si puedo ponerme nerviosa?
La tormenta llegó y no era como ninguna que Nero, experimentado marinero, hubiese visto nunca.
Tras un largo instante de oscuridad, cuando pudo abrir el único ojo sano que le quedaba, pudo discernir entre el polvo y la sangre cómo de un cielo tormentoso y oscuro llovían llamaradas negras. Sí, negras, negras como la mayor de sus pesadillas, como una noche sin estrellas. Negras como el Abismo.
Con un temblor insoportable en las rodillas se puso en pie. El jubón oscuro que llevaba puesto se le desprendió como la ceniza se desprende de una madera carbonizada, dejando su torso y espalda malheridos y ensangrentados a la vista de los pocos que hubiesen por allí, pues sólo podía oír gritos: gritos de agonía, alaridos que se arrancaban de las gargantas con un dolor indescriptible, gritos que, simplemente, no se podrían repetir jamás -¿Qué está...? No puede ser...- masculló para sí mismo mientras daba vueltas sobre sus propios pies, queriendo abarcar en su mirada un cuadro más grande, algo que le permitiese ubicarse. Lo último que recordaba era estar en La Torre, en la ventana más alta, cuando todo estalló con un fogonazo cegador -¿¡Qué diablos está ocurriendo!?- gritó desesperado, incapaz de entender nada.
-Ayuda...- la súplica llegó a sus oídos con dificultad. Nero se detuvo inmóvil en su sitio, tratando de discernir la dirección de la que provenía -Por favor... Gran Maestro...- entonces le vió. Un joven que había sido su estudiante años atrás se encontraba sepultado por un gran número de piedras y escombros que le estaban destrozando por dentro. El chico trataba de arrastrarse hacia fuera, pero uno de sus brazos se encontraba atrapado y le faltaban fuerzas. Tosía sin parar y no podía apenas respirar. De su nariz, boca y oídos manaba sangre de forma ominiosa, no presagiando nada bueno para su futuro.
-Espera ¡Aguanta!- pidió Nero, acercándose torpemente al ex alumno, tratando de apartar las piedras con las manos. A pesar de su buena y fornida forma física, estaba demasiado cansado y herido como para poder utilizar las energías suficientes. La magia, por supuesto, estaba igualmente descartada -Aguanta, quédate conmigo ¿Vale?- pidió nuevamente con esfuerzo, apartando un gran cascote de piedra de la montaña que aplastaba al muchacho. Para el Gran Maestro era fácil reconocer esas piedras. Todo ese montón de escombros que ardían por doquier entre llamas negras y ocasionalmente algunas anaranjadas y rojas eran la vieja Torre -¿¡Cómo hemos llegado a esto!?-
-La guerra...- tosió el chico -Es inevitable...-
-Espera... ¡Espera!- volvió a tirar de otra piedra, pero era demasiado pesada y grande.
-La guerra... es inevitable...- repitió una vez más hasta que el tenso cuerpo del muchacho se relajó de forma repentina y sus ojos dejaron de pestañear, así como su rostro de mostrar expresión de esfuerzo y dolor.
-Maldición... Esto no puede estar pasando...- se dijo una vez más mientras retrocedía, impactado y desolado por ver la muerte del muchacho.
-Está pasando- dijo otra voz a sus espaldas. Otra voz conocida. Un joven espadachín de cabellos largos y barba despeinada, con el rostro atravesado por una gran herida sangrante y una mezcla de ollín y polvo. Le faltaba el brazo derecho y la ausencia de ese miembro hacía que la manga de dicho brazo le bailase al son del viento -Y pasará-
-¿Ash...?- logró reconocerlo -¡Ash!- el joven no le respondió -¿¡Puedes decirme qué ha pasado!? ¿Qué está ocurriendo!?-
-Aquello que está destinado a ocurrir- la hoja de la katana que portaba en la mano izquierda brilló a la luz de las llamas y los relámpagos cuando comenzó a acercarse al Gran Maestro.
-¿Ash?- Nero trató de contenerse y mantenerse recto -¿Qué crees que estás haciendo?- Ash sin embargo no contestó. Se contentó con sonreir de forma pícara mientras aceleraba el paso -¡Detente!- ordenó Nero extendiendo una mano hacia él. Entonces, un mar de llamas se erigió entre ambos hombres y se alzó como una muralla impenetrable por parte del espadachín. Sus ojos salvajes desplegaron destellos un oscuro tono violeta a través del muro de fuego. La imagen de su silueta era la más espantosa que Nero había visto jamás. Fue en ese momento de realización cuando oyó el gañido poderoso y fiero en el cielo, del que ahora llovían llamas negras del Abismo y furiosas rojas, entremezcladas, como si se consumiesen las unas a las otras. En mitad de la gran tormenta un enormísimo ave rojo de llamas extendió sus alas y su majestuosa cola de diez plumas.
-Esto es de locos...- masculló, casi al borde de la locura por su falta de comprensión. Oyó pasos a su espalda y se giró raudo, en guardia. Una oscura silueta recortada por la luz brillante del pájaro de fuego le impidió ver quién era aquella persona que le tendía la mano en son de paz. Alguien, por fin, que le ayudaba -¿Ha llegado de verdad...?- preguntó con voz rota Nero -¿El mundo... se acaba hoy?- la persona en sombras asintió con tristeza y pesadumbre.
-Es inevitable- dijeron ambas personas, tanto el ayudante en sombras como el espadachín tras las llamas.
-¿Gran Maestro?- la voz de Anne, una de las profesoras y de origen arcasi, por fin sacó a Nero de su terrible pesadilla. El hombre se levantó envuelto en una capa de sudor que le recorría como la lluvia cada músculo de su cuerpo.
-¿Anne?- preguntó al percatarse rápido de quién era la persona junto a él. Con toda prisa, tomó el parche en la mesilla de madera junto a su cama y se lo colocó a toda velocidad. No tuvo tanta prisa para vestir su cuerpo medio desnudo, sin embargo. Nada le avergonzaba más que la pérdida de su ojo y la herida restante -¿Q-qué ocurre? ¿Sucede algo ahí fuera?- fue a levantarse, pero la maestra le detuvo antes de que se quitase las sábanas para no contemplar un espectáculo que, a priori interesante, no le apetecía descubrir en ese instante.
-No ocurre nada, Nero- por lo general todos le llamaban Gran Maestro, pero Anne y Roderick, Rody para su gusto más amable y dulce, se tomaban la libertad de llamarle Nero por acercamiento. A Nero, por supuesto, no le molestaba lo más mínimo que no le llamasen por un título concedido de forma apresurada y, en su opinión, poco meditada. Por esa razón de cercanía y paz mental podía sentir cierta predilección por el reino de Arca, pero como Gran Maestro se veía en la obligación moral de ser imparcial y de intentar que los aprendices de Kasir y Krommar, los otros dos reinos, llegasen a ser tan pacientes y considerados como la gente de Arca. Sabía de todas formas que eso era prácticamente imposible debido a las costumbres de los distintos clanes de cada territorio.
-He tenido una pesadilla horrible-
-Lo sé- dijo, apretándole la mano -Por eso te he despertado. Pasé por el pasillo y te oí gruñir. Pensé que podía suceder algo así que...- se peinó un mechón de sus cabellos castaños por detrás de la oreja. No lo tenía muy largo pero de vez en cuando parecía que le molestaba. Nero escuadriñó el sempiterno rostro cansado de la maestra arcasi y suspiró.
-No pasa nada. Hiciste bien- asintió con una sonrisa afable, recuperando la compostura y su forma de ser habitual.
-Bueno... Una nunca sabe cuando puedes estar acompañado...- entrelazó las manos pensativa.
-¡Anne! ¡Por favor!- se escandalizó Nero
-¡Ay! ¡Que todos somos humanos, hombre!- rió la maestra, poniéndose en pie. El Gran Maestro pudo ver por fin que lucía una vestimenta típica de Arca: un medio yukata blanco hasta la cintura, recogido con una cinta negra y unos pantalones de cuero color café con botas igualmente negras. Siempre pensó que la mezcla de ropas de Arca a veces eran hermosas y otras realmente desconcertantes, sin embargo aquella combinación le quedaba bien -Recuerda que hoy es el día de Pronunciación. Debes aparecer ante los recién llegados.
-¿Ya han llegado?- preguntó Nero esta vez sí, levantándose. Anne se dio la vuelta.
-Están llegando. Los aspirantes de Krommar están ya en el hall. Aún faltan los de Kashir y Arca-
-Esta vez vienen de todas partes ¿eh?- dijo poniéndose ya los pantalones y las botas, de negro todo ello. Le encantaba el color negro.
-Este año sí. Temo un poco por lo que pueda venir- suspiró la maestra.
-Siempre temes...- se quejó Nero poniéndose ya sí, por fin, el jubón marrón que en sueños se le desprendió. Se miró a un espejo que había en una esquina de su austera habitación para comprobar que todo estaba en su sitio.
-El equilibrio en la Torre es, cuanto menos, frágil- dijo ladeando la cara ligeramente para comprobar si el hombre ya se había terminado de vestir. Al comprobar que sí, se giró por completo para mirarle. Nero la miraba a través del reflejo en el espejo.
-Un equilibrio que nos corresponde mantener, Anne-
-Sé que es nuestro trabajo, enseñar a las futuras generaciones, pero...-
-Sigues temiendo a los Krom- afirmó Nero con paciencia y dulzura
-Y a los Asura- agregó ella
-Anne...- Nero se acercó a ella y le puso con gentileza una mano sobre los hombros para expresar cercanía y afecto. Ella le miró la mano sopesando el tamaño y el peso en su hombro. Después, le miró a su único ojo del color de la tierra -Son jóvenes, impetuosos e impulsivos- asintió ligeramente -Vienen de sus tierras, de sus clanes, a un lugar lejos de sus padres y sus cuidadores, donde van a estar mezclados con la gente de otras tierras y distintos clanes, para ellos, desconocidos. No es de extrañar que los más aguerridos lleguen queriendo posicionarse por encima de los demás como si este lugar fuese un coto de caza donde ser el máximo eslabón de la cadena alimenticia. En nuestras manos está que comprendan que aquí son todos iguales y que cuando se marchen, seguirán siéndolo- ante sus palabras, Anne se miró una de las manos. Una gran cicatriz le recorría desde la palma serpenteándole hasta perderse por la manga del yukata. Ella sabía hasta qué distancia alcanzaba aquella larga y horrible herida -No volverá a suceder- dijo Nero, sabiendo lo que estaba pensando -Conmigo aquí, no volverá a suceder. Estoy al tanto de todo cuanto ha acontecido en este lugar desde que se formó. Va a ser diferente- sonrió cálido y amable mientras Anne se perdía en su mirada. Apenas la mujer comenzaba a separar sutilmente los labios cuando Nero se apartó con cuidado de ella -Será mejor que procedamos- recordó
-S-sí, será mejor que vayamos- se recompuso ella, un poco apresurada y con nervios asomando.
El gran hall de entrada era una de las partes más antiguas y hermosas de la Torre, junto a la sala de ceremonias en la parte más alta. Como su nombre indicaba, era un grandísimo salón con pilares que se alzaban poderosos y robustos hasta sostener un techo decorado con imágenes culturales de los tres reinos, representando gloriosas victorias individuales por parte de cada reino, formando una cadena que convergía en el centro del techo, donde se encontraba el escudo de la Torre: la silueta del gran país sin bordes ni fronteras que delimite a los reinos en cuyo interior un ave ampara bajo sus alas un mar con una katana solitaria en el centro, semihundida. Al frente, frente al campo de visión de la entrada, las enormes escaleras que daban hasta la primera planta y desde donde Nero daría la bienvenida a los recién llegados se abría paso bajo la atenta mirada de tres bustos tallados sobre la puerta del primer piso: dos femeninos y uno masculino, los Tres Fundadores, patriarcas de sus respectivos reinos. Toda la Torre era, en sí, un homenaje a los reinos de forma particular, individual y a su vez colectiva.
-Bienvenidos- tronó la voz de Nero cuando apareció, por fin, junto a Anne. Todos los recién llegados estaban bajo las escaleras alzando la mirada hacia el Gran Maestro, acompañado por el resto de maestros. No serían pocos los que balbuceaban y criticaban el aspecto tan pobre del Gran Maestro en comparación al resto de maestros comunes que lucían sus mejores galas, siendo Nero similar a un personajillo típico de cantina en un pueblo cualquiera -Me llamo Nero y soy el Gran Maestro de la Torre a partir de este año y espero que por muchos más- sonrió -Sin desmerecer a mi predecesor, el Gran Maestro Digor, no trataré de agasajaros con largos y soporíferos discursos- al decir aquello casi se oyó un bajo clamor que le hizo reír -Ya, ya. Lo sé. Sois jóvenes y vivaces y ya bastante habéis oido de vuestros padres allende la frontera, en cada una de vuestras casas. No aquí. Pero que eso no signifique para vosotros que os reinará la anarquía- los maestros le miraron -Tengo una sorpresita que seguro que ninguno esperaba- a sus espaldas, mascullaron los profesores
-¿De qué estás hablando?- preguntó Anne, pero no obtuvo respuesta.
-Todos los recién llegados vais a atravesar una pequeña e insulsa prueba de mi propia mano, ahora mismo, donde yo os diga. Si lo lográis tendréis el gran honor y prestigio de pasar los mejores años de vuestra recién estrenada adultez en esta Torre, aprendiendo los valores de la paz y la convivencia. Si no lo lográis, bueno...- se encogió de hombros -Espero que os sigan esperando afuera los carros, porque volveréis a casa- hubo revuelo y mucho al decir aquellas palabras.
-¿Te has vuelto loco?- preguntó de nuevo Anne.
-Sin duda, no hace falta preguntarlo- añadió Rody, peiándose nervioso los cabellos color platino.
-Así que acompañadme todos al patio exterior- sonrió de nuevo aún haciendo caso omiso a todo el revuelo de los alumnos y los maestros. Iba a ser un interesante comienzo de preparación en la Torre gracias a su llegada...
Tras un largo instante de oscuridad, cuando pudo abrir el único ojo sano que le quedaba, pudo discernir entre el polvo y la sangre cómo de un cielo tormentoso y oscuro llovían llamaradas negras. Sí, negras, negras como la mayor de sus pesadillas, como una noche sin estrellas. Negras como el Abismo.
Con un temblor insoportable en las rodillas se puso en pie. El jubón oscuro que llevaba puesto se le desprendió como la ceniza se desprende de una madera carbonizada, dejando su torso y espalda malheridos y ensangrentados a la vista de los pocos que hubiesen por allí, pues sólo podía oír gritos: gritos de agonía, alaridos que se arrancaban de las gargantas con un dolor indescriptible, gritos que, simplemente, no se podrían repetir jamás -¿Qué está...? No puede ser...- masculló para sí mismo mientras daba vueltas sobre sus propios pies, queriendo abarcar en su mirada un cuadro más grande, algo que le permitiese ubicarse. Lo último que recordaba era estar en La Torre, en la ventana más alta, cuando todo estalló con un fogonazo cegador -¿¡Qué diablos está ocurriendo!?- gritó desesperado, incapaz de entender nada.
-Ayuda...- la súplica llegó a sus oídos con dificultad. Nero se detuvo inmóvil en su sitio, tratando de discernir la dirección de la que provenía -Por favor... Gran Maestro...- entonces le vió. Un joven que había sido su estudiante años atrás se encontraba sepultado por un gran número de piedras y escombros que le estaban destrozando por dentro. El chico trataba de arrastrarse hacia fuera, pero uno de sus brazos se encontraba atrapado y le faltaban fuerzas. Tosía sin parar y no podía apenas respirar. De su nariz, boca y oídos manaba sangre de forma ominiosa, no presagiando nada bueno para su futuro.
-Espera ¡Aguanta!- pidió Nero, acercándose torpemente al ex alumno, tratando de apartar las piedras con las manos. A pesar de su buena y fornida forma física, estaba demasiado cansado y herido como para poder utilizar las energías suficientes. La magia, por supuesto, estaba igualmente descartada -Aguanta, quédate conmigo ¿Vale?- pidió nuevamente con esfuerzo, apartando un gran cascote de piedra de la montaña que aplastaba al muchacho. Para el Gran Maestro era fácil reconocer esas piedras. Todo ese montón de escombros que ardían por doquier entre llamas negras y ocasionalmente algunas anaranjadas y rojas eran la vieja Torre -¿¡Cómo hemos llegado a esto!?-
-La guerra...- tosió el chico -Es inevitable...-
-Espera... ¡Espera!- volvió a tirar de otra piedra, pero era demasiado pesada y grande.
-La guerra... es inevitable...- repitió una vez más hasta que el tenso cuerpo del muchacho se relajó de forma repentina y sus ojos dejaron de pestañear, así como su rostro de mostrar expresión de esfuerzo y dolor.
-Maldición... Esto no puede estar pasando...- se dijo una vez más mientras retrocedía, impactado y desolado por ver la muerte del muchacho.
-Está pasando- dijo otra voz a sus espaldas. Otra voz conocida. Un joven espadachín de cabellos largos y barba despeinada, con el rostro atravesado por una gran herida sangrante y una mezcla de ollín y polvo. Le faltaba el brazo derecho y la ausencia de ese miembro hacía que la manga de dicho brazo le bailase al son del viento -Y pasará-
-¿Ash...?- logró reconocerlo -¡Ash!- el joven no le respondió -¿¡Puedes decirme qué ha pasado!? ¿Qué está ocurriendo!?-
-Aquello que está destinado a ocurrir- la hoja de la katana que portaba en la mano izquierda brilló a la luz de las llamas y los relámpagos cuando comenzó a acercarse al Gran Maestro.
-¿Ash?- Nero trató de contenerse y mantenerse recto -¿Qué crees que estás haciendo?- Ash sin embargo no contestó. Se contentó con sonreir de forma pícara mientras aceleraba el paso -¡Detente!- ordenó Nero extendiendo una mano hacia él. Entonces, un mar de llamas se erigió entre ambos hombres y se alzó como una muralla impenetrable por parte del espadachín. Sus ojos salvajes desplegaron destellos un oscuro tono violeta a través del muro de fuego. La imagen de su silueta era la más espantosa que Nero había visto jamás. Fue en ese momento de realización cuando oyó el gañido poderoso y fiero en el cielo, del que ahora llovían llamas negras del Abismo y furiosas rojas, entremezcladas, como si se consumiesen las unas a las otras. En mitad de la gran tormenta un enormísimo ave rojo de llamas extendió sus alas y su majestuosa cola de diez plumas.
-Esto es de locos...- masculló, casi al borde de la locura por su falta de comprensión. Oyó pasos a su espalda y se giró raudo, en guardia. Una oscura silueta recortada por la luz brillante del pájaro de fuego le impidió ver quién era aquella persona que le tendía la mano en son de paz. Alguien, por fin, que le ayudaba -¿Ha llegado de verdad...?- preguntó con voz rota Nero -¿El mundo... se acaba hoy?- la persona en sombras asintió con tristeza y pesadumbre.
-Es inevitable- dijeron ambas personas, tanto el ayudante en sombras como el espadachín tras las llamas.
-¿Gran Maestro?- la voz de Anne, una de las profesoras y de origen arcasi, por fin sacó a Nero de su terrible pesadilla. El hombre se levantó envuelto en una capa de sudor que le recorría como la lluvia cada músculo de su cuerpo.
-¿Anne?- preguntó al percatarse rápido de quién era la persona junto a él. Con toda prisa, tomó el parche en la mesilla de madera junto a su cama y se lo colocó a toda velocidad. No tuvo tanta prisa para vestir su cuerpo medio desnudo, sin embargo. Nada le avergonzaba más que la pérdida de su ojo y la herida restante -¿Q-qué ocurre? ¿Sucede algo ahí fuera?- fue a levantarse, pero la maestra le detuvo antes de que se quitase las sábanas para no contemplar un espectáculo que, a priori interesante, no le apetecía descubrir en ese instante.
-No ocurre nada, Nero- por lo general todos le llamaban Gran Maestro, pero Anne y Roderick, Rody para su gusto más amable y dulce, se tomaban la libertad de llamarle Nero por acercamiento. A Nero, por supuesto, no le molestaba lo más mínimo que no le llamasen por un título concedido de forma apresurada y, en su opinión, poco meditada. Por esa razón de cercanía y paz mental podía sentir cierta predilección por el reino de Arca, pero como Gran Maestro se veía en la obligación moral de ser imparcial y de intentar que los aprendices de Kasir y Krommar, los otros dos reinos, llegasen a ser tan pacientes y considerados como la gente de Arca. Sabía de todas formas que eso era prácticamente imposible debido a las costumbres de los distintos clanes de cada territorio.
-He tenido una pesadilla horrible-
-Lo sé- dijo, apretándole la mano -Por eso te he despertado. Pasé por el pasillo y te oí gruñir. Pensé que podía suceder algo así que...- se peinó un mechón de sus cabellos castaños por detrás de la oreja. No lo tenía muy largo pero de vez en cuando parecía que le molestaba. Nero escuadriñó el sempiterno rostro cansado de la maestra arcasi y suspiró.
-No pasa nada. Hiciste bien- asintió con una sonrisa afable, recuperando la compostura y su forma de ser habitual.
-Bueno... Una nunca sabe cuando puedes estar acompañado...- entrelazó las manos pensativa.
-¡Anne! ¡Por favor!- se escandalizó Nero
-¡Ay! ¡Que todos somos humanos, hombre!- rió la maestra, poniéndose en pie. El Gran Maestro pudo ver por fin que lucía una vestimenta típica de Arca: un medio yukata blanco hasta la cintura, recogido con una cinta negra y unos pantalones de cuero color café con botas igualmente negras. Siempre pensó que la mezcla de ropas de Arca a veces eran hermosas y otras realmente desconcertantes, sin embargo aquella combinación le quedaba bien -Recuerda que hoy es el día de Pronunciación. Debes aparecer ante los recién llegados.
-¿Ya han llegado?- preguntó Nero esta vez sí, levantándose. Anne se dio la vuelta.
-Están llegando. Los aspirantes de Krommar están ya en el hall. Aún faltan los de Kashir y Arca-
-Esta vez vienen de todas partes ¿eh?- dijo poniéndose ya los pantalones y las botas, de negro todo ello. Le encantaba el color negro.
-Este año sí. Temo un poco por lo que pueda venir- suspiró la maestra.
-Siempre temes...- se quejó Nero poniéndose ya sí, por fin, el jubón marrón que en sueños se le desprendió. Se miró a un espejo que había en una esquina de su austera habitación para comprobar que todo estaba en su sitio.
-El equilibrio en la Torre es, cuanto menos, frágil- dijo ladeando la cara ligeramente para comprobar si el hombre ya se había terminado de vestir. Al comprobar que sí, se giró por completo para mirarle. Nero la miraba a través del reflejo en el espejo.
-Un equilibrio que nos corresponde mantener, Anne-
-Sé que es nuestro trabajo, enseñar a las futuras generaciones, pero...-
-Sigues temiendo a los Krom- afirmó Nero con paciencia y dulzura
-Y a los Asura- agregó ella
-Anne...- Nero se acercó a ella y le puso con gentileza una mano sobre los hombros para expresar cercanía y afecto. Ella le miró la mano sopesando el tamaño y el peso en su hombro. Después, le miró a su único ojo del color de la tierra -Son jóvenes, impetuosos e impulsivos- asintió ligeramente -Vienen de sus tierras, de sus clanes, a un lugar lejos de sus padres y sus cuidadores, donde van a estar mezclados con la gente de otras tierras y distintos clanes, para ellos, desconocidos. No es de extrañar que los más aguerridos lleguen queriendo posicionarse por encima de los demás como si este lugar fuese un coto de caza donde ser el máximo eslabón de la cadena alimenticia. En nuestras manos está que comprendan que aquí son todos iguales y que cuando se marchen, seguirán siéndolo- ante sus palabras, Anne se miró una de las manos. Una gran cicatriz le recorría desde la palma serpenteándole hasta perderse por la manga del yukata. Ella sabía hasta qué distancia alcanzaba aquella larga y horrible herida -No volverá a suceder- dijo Nero, sabiendo lo que estaba pensando -Conmigo aquí, no volverá a suceder. Estoy al tanto de todo cuanto ha acontecido en este lugar desde que se formó. Va a ser diferente- sonrió cálido y amable mientras Anne se perdía en su mirada. Apenas la mujer comenzaba a separar sutilmente los labios cuando Nero se apartó con cuidado de ella -Será mejor que procedamos- recordó
-S-sí, será mejor que vayamos- se recompuso ella, un poco apresurada y con nervios asomando.
El gran hall de entrada era una de las partes más antiguas y hermosas de la Torre, junto a la sala de ceremonias en la parte más alta. Como su nombre indicaba, era un grandísimo salón con pilares que se alzaban poderosos y robustos hasta sostener un techo decorado con imágenes culturales de los tres reinos, representando gloriosas victorias individuales por parte de cada reino, formando una cadena que convergía en el centro del techo, donde se encontraba el escudo de la Torre: la silueta del gran país sin bordes ni fronteras que delimite a los reinos en cuyo interior un ave ampara bajo sus alas un mar con una katana solitaria en el centro, semihundida. Al frente, frente al campo de visión de la entrada, las enormes escaleras que daban hasta la primera planta y desde donde Nero daría la bienvenida a los recién llegados se abría paso bajo la atenta mirada de tres bustos tallados sobre la puerta del primer piso: dos femeninos y uno masculino, los Tres Fundadores, patriarcas de sus respectivos reinos. Toda la Torre era, en sí, un homenaje a los reinos de forma particular, individual y a su vez colectiva.
-Bienvenidos- tronó la voz de Nero cuando apareció, por fin, junto a Anne. Todos los recién llegados estaban bajo las escaleras alzando la mirada hacia el Gran Maestro, acompañado por el resto de maestros. No serían pocos los que balbuceaban y criticaban el aspecto tan pobre del Gran Maestro en comparación al resto de maestros comunes que lucían sus mejores galas, siendo Nero similar a un personajillo típico de cantina en un pueblo cualquiera -Me llamo Nero y soy el Gran Maestro de la Torre a partir de este año y espero que por muchos más- sonrió -Sin desmerecer a mi predecesor, el Gran Maestro Digor, no trataré de agasajaros con largos y soporíferos discursos- al decir aquello casi se oyó un bajo clamor que le hizo reír -Ya, ya. Lo sé. Sois jóvenes y vivaces y ya bastante habéis oido de vuestros padres allende la frontera, en cada una de vuestras casas. No aquí. Pero que eso no signifique para vosotros que os reinará la anarquía- los maestros le miraron -Tengo una sorpresita que seguro que ninguno esperaba- a sus espaldas, mascullaron los profesores
-¿De qué estás hablando?- preguntó Anne, pero no obtuvo respuesta.
-Todos los recién llegados vais a atravesar una pequeña e insulsa prueba de mi propia mano, ahora mismo, donde yo os diga. Si lo lográis tendréis el gran honor y prestigio de pasar los mejores años de vuestra recién estrenada adultez en esta Torre, aprendiendo los valores de la paz y la convivencia. Si no lo lográis, bueno...- se encogió de hombros -Espero que os sigan esperando afuera los carros, porque volveréis a casa- hubo revuelo y mucho al decir aquellas palabras.
-¿Te has vuelto loco?- preguntó de nuevo Anne.
-Sin duda, no hace falta preguntarlo- añadió Rody, peiándose nervioso los cabellos color platino.
-Así que acompañadme todos al patio exterior- sonrió de nuevo aún haciendo caso omiso a todo el revuelo de los alumnos y los maestros. Iba a ser un interesante comienzo de preparación en la Torre gracias a su llegada...
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