Jamás había pasado tanto frío en toda su vida.
Cruzar las fronteras de Aavari por primera vez en su vida ya había supuesto un cambio climático brusco: seguía haciendo calor, pero la brisa marina había desaparecido. El ambiente era espeso, casi irrespirable en la frontera de la tierra de Asura. Durante horas, la única humedad que había conseguido percibir en el ambiente era la de su propio sudor y el de quienes la acompañaban. Ninguno de sus familiares y parientes lejanos parecía poder soportar aquella presión climática, ni si quiera los rajitas cuando se unieron en mitad de la travesía. El agua disponible empezó a reducirse de forma drástica. Arenea y Zyra gastaron sus propias ánforas en cuestión de un par de horas, y por vergüenza, decidieron no pedir más ni al resto de viajeros ni a los propios soldados que los custodiaban. Solo los asurianos parecían estar cómodos con el sol sobre sus cabezas, tanto, que algunos ni si quiera optaron por viajar en carros, sino que lo hicieron por su propio pie.
Sin embargo, todo cambio cuando los límites de Kashir comenzaron a dibujarse frente a sus narices. Del sol abrasador pasaron a una noche fría y semi nublada, que aunque los hizo respirar de nuevo con normalidad, consiguió que antes de que llegase el amanecer los viajeros se envolviesen en los ropajes más cálidos del equipaje para poder descansar con tranquilidad. Al día siguiente, el calor desapareció. La brisa fría que se colaba entre los árboles del primer bosque con el que se toparon hizo que a los presentes se les erizasen los vellos del cuerpo. Algún que otro estornudo resonó entre el vocerío y el jaleo de los numerosos jóvenes que marchaban hacia La Torre, quienes en vez de tomarlo como un aviso de un futuro resfriado, lo tomaron como una novedad casi excitante. Era un hecho. Ninguno de los futuros estudiantes había salido de Kashir en su vida.
— Llevamos desde que tenemos uso de razón preparándonos para lo que nuestros padres siempre han deseado. Ninguno profesor va a poder negar eso —respondió Zyra con pereza, extendiéndose aún más sobre su posición.
— Sí, pero... Podríamos quedarnos en blanco, podríamos ser torpes en comparación al resto de alumnos, o... ¡Podríamos haber estado estudiando toda nuestra vida con profesores incompetentes! —se asustó.
—¿Yo más torpe que tus hermanas? No me hagas reír. —bufó.
—Rania y Anali son más listas de lo que tu crees.
—Pues nunca se han comportado como tal y dudo mucho que lo estén haciendo ahora. De todas formas, como sigas teniendo ataques de nervios te prometo que me voy a mi propio carro — amenazó.
— ¡No! Por favor, no lo hagas — suplicó la princesa. — Eres mi única amiga aquí. No conozco a nadie más y aborrezco estar sola. Y lo sabes — recordó. — Además, no llegaremos hasta mañana por la mañana. Ni si quiera tu podrías aguantar el aburrimiento de estar sola en tu propio carro todo un día.
— Bueno, siempre podría asomarme por la ventanilla y tirarle piedrecitas a los rajitas. Me han dicho que tienen la mecha muy corta.
— No estás hablando en serio.
— ¡¿Como voy a hablar en serio?! — se carcajeó — ¿Te imaginas? El Continente entra en guerra y no es porque los reinos vuelvan a enfrentarse como antaño, sino porque los mandamases de Kashir rompen la paz de toda una vida y se pelean entre ellos porque la hija del tesorero de Aavari le tiró piedrecitas al hijo segundo del clan Rajit —dramatizó.
— Bromas a parte, se espera mucho de nosotras. — Insistió Arenea.
— Ya lo se...
— La paz entre los reinos ha sido algo muy difícil de conseguir para nuestros antepasados. Aunque mi padre y los reyes de Krommar y Arca sigan manteniendo conversaciones gentiles, La Torre no es más que otra forma para conseguir los lazos entre nosotros se mantengan igualmente tranquilos, a la par que se nos instruye, claro.
— ¿A caso temes no ser preparada para eso precisamente? ¿Para procurar que todo siga como está?
— Yo... Solo quiero no dar ningún problema a Vijay. Si meto la pata en... — Arenea no consiguió terminar la frase, puesto que un cojín de seda color fuccia se estampó contra su rostro justo después de que Zyra se lo arrojara. Cuando la princesa miró a su amiga, ésta tenía los ojos en blanco y los brazos extendidos en señal de exasperación. Por ello, otro cojín voló en el interior del carro hasta impactar sobre el cuerpo de la chica, consiguiendo que, por fin, apartase aquella postura tan descuidada. Las risas no tardaron en estallar, así como las preocupaciones desaparecieron sin que ninguna de las dos se diesen cuenta. Eran demasiado jóvenes, demasiado vivas y demasiado capaces. Y no solo ellas. Todos los jóvenes que componían la caravana eran tal y como ellas eran. Una generación llena de vida que no temía a nada.
Al día siguiente, el frío fue aún más intenso que el anterior, de forma que el ánimo de los jóvenes se vio algo más decaído a pesar de que ya atravesaban las llanuras que rodeaban a La Torre. Ningún joven se quedo en su carro cuando la enorme figura de piedra y mármol se dibujó en el horizonte, tan imponente y elegante que dejó con la boca abierta a más de uno.
La arquitectura de Kashir era demasiado distinta: mientras que en Aavari predominaban los techos circulares y coloridos, en Rajit sólo había pequeñas viviendas bajas y desprovistas de color. Ni si quiera la casa vasalla contaba con un hogar lujosos y destacado. Y por su parte, en Asura todas las estructuras eran desiguales y se presentaban amontonadas de forma irregular las unas sobre las otras. Ninguna ciudad ni ningún lugar de Kashir hubiese construido jamás algo similar a La Torre, y eso es algo que Aranea lamentó.
Su corazón latía desbocado, así dedos temblaban aun estando encerrados en su puño. La simple idea de comenzar una nueva etapa de su vida, separada de su padre y encaminada a convertirse en una heredera ideal para Aavari y todo Kashir, la emocionaba demasiado. Zyra, sin embargo, presentaba el rostro aburrido de siempre. Su situación era distinta ya que no poseía ningún titulo noble en Aavari ni en ninguna de las casas vasallas. Su padre era el tesorero del reino y solo por ello su vida se había visto envuelta en comodidades. Las buenas relaciones entre sus padres habían conseguido que ambas trabasen amistad desde niñas, pero era un hecho que el futuro que el destino les encomendaría no tenía nada que ver. Mientras que Arenea se convertiría en la dueña de buena parte de las tierras de Aavari, si es que no se casaba con el heredero de otras, Zyra heredaría el cargo de su padre. Un cargo soso y aburrido según ella, pero lo suficientemente importante como para que tuviese derecho a estudiar en La Torre. Ambas chicas se miraron, Arenea con emoción en los ojos y Zyra con una media sonrisa en los labios, más alegre por la felicidad de su amiga que por su propia suerte.
A los pies de La Torre un sin fin de nuevos estudiantes se congregaron. Las diferencias entre todos ellos eran palpables, ya que ni en físico, aspecto y ropajes se parecían los unos con los otros. Que no se observasen los unos a los otros a medida que entraban por la puerta principal de La Torre, era casi imposible. Y es que, a pesar de que El Continente era pequeño, las similitudes entre los reinos eran pocas. Quienes vivían en Kashir, como Arenea y Zyra, presentaban la tez tostada u oscura, así como cabellos de color negro en la mayoría de las veces. Además, sus ropajes eran ligeros debido al clima del sur, coloridos y llamativos. Sin embargo, los alumnos que provenían de Krommar eran el polo opuesto en todos los sentidos, ya que como norteños, eran rubios y pelirrojos y sus pieles tan claras como la leche. El frío de las montañas hacía que vistiesen ropas pesadas y pieles de animales de tonalidades grisáceas y oscuras, y casi todos tenían una expresión dura y estricta. Por último, quienes provenían de Arca eran quienes se presentaban como los más inverosímiles en aquella situación, ya que no tenían un patrón claro y marcado de estilo y cultura como los demás. En Arca, convivían desde hacía milenos dos culturas bien distintas que fueron fusionadas. El hierro se mezclaba con la seda, los cabellos rubios con los de ébano, las espadas con las katanas y los ojos claros y redondos con los rasgados y oscuros. De ahí a que, sin lugar a dudas, fuesen ellos el centro de atención aquel día.
Arenea terminó agradeciendo aquel hecho. Pensaba que por ser la única princesa de la nueva promoción los ojos se centrarían en ella y eso le producía un nudo en el estómago irreparable en aquellas circunstancias. Solo de imaginarse que aquel temor se hubiese cumplido, su labio inferior le tembló con voluntad propia. Solo cuando Zyra le tomó la mano y la instó a entrar con ella al ala central de la entrada, consiguió tomar aire. Por fin. Oficialmente, estaba sirviendo a su reino.
El interior de La Torre fue todo cuanto había imaginado. El suelo estaba hecho de puro mármol oscuro, así como los pilares que sujetaban tan alta estructura y las escaleras que, sospechaba, se harían infinitas hasta alcanzar la cúspide. Las grandes figuras de piedra de los Fundadores se alzaban tan ceremoniales como en sus respectivos palacios, con miradas justicieras y estrictas sobre los nuevos alumnos y los antiguos, quienes empezaron a congregarse en las escaleras, a espaldas de todos los profesores que se colocaron en perfecta fila para dar la bienvenida. Por encima de tantas cabezas, la mayoría más altas que ella, Arenea consiguió diferenciar los rostros de sus hermanas entre la multitud. Ambas dieron saltos de alegría y alzaron las manos para saludarla cuando la vieron, y aunque Arenea deseó hacer lo mismo, decidió no revelarse tan pronto.
Pocos segundos después de que entrara el último alumno, el profesor que se situaba en el centro de la fila dio un paso adelante. Era joven, cosa que la princesa sí que no había imaginado. Su rostro apenas presentaba arrugas así como su cabellera castaña espesa apenas estaba salpicada de canas. Un parche le cubría un ojo que, de alguna forma, ya sentía curiosidad por saber como había perdido. Y su porte... bueno, su porte tampoco era el que había pensado. Esperaba a un hombre mayor, sabio y experimentado como Gran Maestro, y aunque no podía adivinar cual era la inteligencia y la capacidad de aquel hombre sin tan siquiera conocerle, imaginó que experiencia... no debía tener la suficiente.
Se presentó con tono alegre y relajado, tan sereno que apenas infundió respeto en los nuevos alumnos ni tampoco en los antiguos, a juzgar por sus rostros. Algunos se miraban con extrañeza mientras que otros se reían y cuchicheaban en voz baja. Arenea casi se sintió decepcionada ante aquel hecho, hasta que el Gran Maestro anunció, por sorpresa, que se someterían en aquel mismo instante a una prueba. Una prueba que decidiría si finalmente eran dignos de ser alumnos de La Torre o no.
En mitad de las quejas, las súplicas, los lamentos y las preguntas en voz alta, la princesa miró a su amiga con un rostro tan preocupado que parecía que se iba a desmayar. — ¿Ahora si puedo ponerme nerviosa?
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