miércoles, 7 de agosto de 2019

Enfundarse por primera vez en el uniforme de La Torre tras un baño caliente fue una experiencia más embriagadora de lo que habría pensado. 

Arenea había sido destinada a la misma habitación que sus hermanas, a las cuales aún no había tenido oportunidad de saludar. Dada la repentina necesidad del Gran Maestro de hacer un examen preliminar que se había prolongado a lo largo del día, las oportunidades de reencontrarse con ellas y saludar al resto de sus paisanos había sido prácticamente nula. Cuando por fin encontró un momento libre para ella sola el horario la obligaba a tomarse un baño antes de cenar, cosa que agradeció. 
Las habitaciones estaban separadas en dos alas: en el lado derecho se alzaban cuatro plantas destinadas a los aposentos de las alumnas, y en el lado izquierdo de La Torre, las equivalentes para los alumnos. Por motivos de obligada flexibilidad en las relaciones, no había un patrón que dividiese las habitaciones por reinos. Sin ir más lejos, la habitación de las hermanas Aavari estaba justo frente a la habitación de un par de chicas de la casa de los Wyldhem. Por lo demás, cada habitación contaba con un total de entre dos y cuatro camas, escritorios en el mismo número y un baño. Para quienes provenían de palacios, como era el caso de los príncipes herederos de cada reino, la diferencia entre aquellos aposentos y los suyos propios debía ser casi abismal. Sin embargo, Arenea se permitió reflexionar sobre aquello. ¿Por qué necesitaría más? Una cama donde dormir, un baño donde asearse y una zona tranquila para estudiar era todo cuanto un alumno necesitaría en cualquier lugar. Allí estaban para transformarse en buenos líderes y no para holgazanear. Claro que, estaba segura, sus hermanas pensaban algo bastante distinto.

Tras una última mirada al único espejo de la habitación, el cual se situaba entre dos grandes armarios de madera oscura, se adecentó las pocas arrugas del uniforme. Un leve alisado con la mano sobre el pantalón de algodón y un par de sacudidas a la túnica fueron suficientes. El comenzar a acostumbrarse a verse así misma luciendo tonalidades tan oscuras lo dejaría para otro día. Dejó de observarse cuando se sintió preparada, y justo entonces salió de la habitación.
El ambiente frío de los anchos pasillos de mármol de La Torre la recibieron con los brazos abiertos. Por supuesto, acostumbrarse al frío tampoco iba a ser fácil. Casi al mismo tiempo que ella, Zyra salió de su habitación, la cual estaba a unas diez habitaciones alejada de la suya. La chica, que seguía despeinada, se encaminó hacia la princesa a paso rápido. Aquella velocidad tan repentina en una persona tan naturalmente pausada, hicieron saber a Arenea que tenía algo demasiado jugoso que contarle. — ¿Que te ocurre?
— ¿Qué? ¿A mi? Nada ¿Por qué piensas que me ocurre algo? — preguntó extrañada. Tras un corto bufido, un mechón rizado que hasta entonces le tapaba un ojo, se elevó graciosamente sobre su rostro.
— Has venido corriendo.
— ¿Es que tu no estás intranquila estando aquí? — preguntó a la par que comenzó a caminar. — Después de ese recibimiento por el Gran Maestro, siento que mi padre me ha enviado al lado equivocado.
— No pienses más en ello. Ya ha pasado, estas dentro — intentó calmarla su amiga.
— No me preocupa estar dentro o no. Lo que me preocupa es que ese hombre no sea capaz de ser responsable con el cargo que ocupa. Ha enviado a casa a un grupo de alumnos que tenían tantas ganas como tú de estar aquí. Uno de ellos ha sido Berem, el hijo del Maestre.
— ¿Qué? ¿Como lo sabes? — preguntó Arenea sorprendida. El Maestre era el profesor de los Aavari. No solo la había instruido a ella y a sus hermanos desde que nacieron en historia, política y magia, sino que además era un hombre de reputación y envidiada experiencia en todo el reino.
— Mis compañeras de habitación son unas cotillas. Son de Rajit, unas primas del futuro Visir y... parece que se escondieron en una esquina del pasillo en el que está el despacho del Gran Maestro, a la espera de saber quién se quedaba y quien no después de que nos fuese nombrando uno por uno para darnos nuestra calificación.
— Pero eso es... horrible. ¿Qué dirá ahora su padre? Berem debe estar tan o incluso más instruido que yo o mi hermano. No puedo creer que haya sido rechazado por una simple... prueba.
— Yo tampoco me quedé muy convencida con el discursito del Gran Maestro, la verdad — se quejó Zyra, subiendo las escaleras que llevaban hasta el comedor.
— Bueno, olvidémoslo. Quizá nuestros padres consigan solucionarlo tras componer una queja formal. Evitemos pensar en ello y... disfrutemos de la cena. Estoy muerta de hambre.

Por desgracia para ambas, olvidar el tema sería imposible aquella noche. En el gran comedor, el cuchicheo era tan intenso que casi parecía que todos los alumnos estuviesen hablando en voz alta e incluso gritando.
Docenas, no, cientos de alumnos se repartían entre numerosas mesas circulares que se repartían por toda la sala, la cual estaba repleta de columnas de mármol, cuadros de óleos enormes que representaban numerosas escenas importantes en la historia de El Continente y enormes lámparas de araña. En el centro de la sala, la mesa más grande era la que estaba presidida por todo el profesorado. Arenea se permitió echarles un vistazo mientras se acercaba a las primeras mesas, más cercanas a la salida. Había menos profesores de los que esperaba, pero todos ellos compartían un semblante serio y preocupado. Hacían pequeños gestos y hablaban en voz baja. Estaban tan centrados debatiendo, que el griterío tan molesto que había a todo su alrededor no debía de molestarles. ¿Que era lo que les preocupaba tanto? Antes de poder encontrar respuesta, sintió un tirón en el brazo.
— ¡Arenea! ¡Oh por los dioses! ¡Cuanto has crecido! — Rania estaba emocionada. Sus ojos tan grandes del color de las almendras parecían querer romper a llorar.
— ¡No me puedo creer que haya llegado el día! ¡Venga, venga! ¡Abrazo de hermanas! — Anali se colocó al otro lado de Arenea, de forma que ambas mujeres aplastaron a su hermana pequeña en un abrazo que estaba llamando demasiado la atención.
— Yo también os he echado de menos — aseguró Arenea en voz baja, separándose de ambas lo más rápido que pudo.
— Pero mírate, estás más alta que hace tres años — aseguró Anali.
— Y te ha crecido muchísimo el pelo — añadió Rania, jugando con uno de los tirabuzones negros que caían por los hombros de su hermana pequeña. — Estás hecha toda una mujer. Qué orgullo. ¡Qué orgullo!
— Y vosotras estáis... igual que siempre — mintió Arenea. No estaban igual que siempre. Estaban más bellas que nunca. Rania y Anali eran dos mujeres preciosas, muy parecidas pero cada una con sus particularidades propias. Mientras Rania tenía el pelo rizado y una nariz graciosa, Anali tenía un rostro marcado pero tremendamente llamativo, exótico. Ambas habían heredado la belleza de su madre y cada año parecía que dicho atributo se potenciaba aún más... Mientras que Arenea... bueno. Arenea había heredado el intelecto de su padre. Y no es que se siéntese ofendida por ello, ni tampoco envidiaba demasiado a sus hermanas por aquella virtud, pero sabía perfectamente que si las piropeaba en aquel momento ambas se vendrían arriba. La princesa solo quería comer y descansar.
— Ven, siéntate con nosotras. Zyra, ven tu también.
Anali se movió entre las mesas, causando sensación entre los chicos y las chicas que dejaba atrás mientras caminaba. Se detuvo junto a Rania en una mesa grande, llena de paisanos de Kashir. No los conocía a todos, pero pensar que quizás aquellos serían nuevos amigos hizo que a la princesa se le hiciese un pequeño nudo en el estómago de emoción.
— ¿Arenea, te acuerdas de Jelani? — preguntó Rania tomando asiento. Jelani, una chica de tez negra y cabellos cortos saludó con una sencilla sonrisa. — Es la sobrina de los Asura.
— Oh, sí. Claro. Es que hace tanto que no nos vemos — sonrió Arenea nerviosa, tomando asiento con las manos temblorosas. Zyra se sentó a su lado, tan incómoda como ella.
— ¿Que tal la bienvenida? — preguntó Jelani — Ha sido muy rara este año. Estábamos debatiendo sobre ello ahora mismo. Es muy injusto todo.
— Bastante... extraña. Aun no entiendo qué está pasando.
— Jelani entró el año pasado y desde entonces come con nosotras.
— Mi primo también entró el año pasado, pero por alguna razón esta noche ha decidido comer en una mesa muy cercana a los Jor. ¡Eh, Rakesh!   — gritó con total confianza Jelani, hasta que su voz llegó a los oídos de un chico enorme, ancho y de cabellos largos ondulados. El joven se dio la vuelta e hizo un gesto de lo más extraño con la mano. Sonrió y guiñó un ojo, para después volver a su cena. Arenea sabía quien era, pero no le recordaba tan corpulento. — Disculpadle. Es su forma de saludar.
— Y creo que a Siham no lo conoces aún. — explicó Anali, señalando a un chico de tez negra que tenía justo en frente. Tenía los labios gruesos y una sonrisa espléndida.
— ¿Qué pasa? — saludó coloquialmente. — Creo que nuestros padres no llegaron a reunirse lo suficiente para que nos conociésemos. Soy hijo de la legisladora Tiaret de Rajit.
— Un gusto conocerte — se limitó a decir Arenea, abrumada por la situación.
— ¿Y a tu primo no lo saludas? — El joven que estaba sentado justo al lado de Arenea, le dirigió una mirada de lo más perspicaz. La princesa se tomó unos instantes para poder reconocerle. Y justo cuando supo que, realmente, se trataba de su primo, abrió los ojos con sorpresa.
— ¡Anjay! ¡No puedo creérmelo! — Arenea se vio en la obligación de besar la mejilla de su primo, hijo del hermano de su padre, tras años y años sin verse. —¡Te recordaba totalmente distinto! ¡Mírate! ¡Tienes barba! —se carcajeó la princesa. No podía evitar bromear con el, ya que albergaba bonitos recuerdos de infancia con el chico, que, aunque serio y distante, siempre le había brindado momentos de felicidad que se quedarían para siempre en el recuerdo.
— Supongo que puedo decir lo mismo de ti. Eres idéntica a tu padre — aseguró en un tono serio algo tosco.
— Anjay, pensaba que ya... te habrías graduado — aseguró Arenea en voz baja, temerosa de ofenderle. Era un hombre tan serio y sombrío que, después de tantos años, temió no acertar con él. Efectivamente, el rostro de su primo se ensombreció aún más. Colocando un codo sobre la mesa, lanzó una mirada repleta de odio a su prima, y después, al resto de alumnos.
—Hace dos años que debía ser más que apto para volver a Kashir y ocupar los mismos cargos que ahora ocupa mi padre. Pero esta panda de ineptos... —insultó haciendo un gesto a sus espaldas, justo donde cenaban los profesores —... aseguran que no estoy listo.
—¿Como es posible?
—Los profesores dicen que es demasiado impulsivo —recordó Anali, lo que provocó una sonrisa jocosa a Ajay. 
—Y también te has encarado un par de veces con alguno de ellos — añadió Rania. —Este año deberías controlarte, primo. Estoy segura de que este año será el tuyo.
—Bah —se limitó a contestar, pasando a ignorar a todos a quienes tenía al rededor.
—Bueno ¿Y si comemos ya? No es por nada, pero me muero de hambre y mi educación tiene un límite —amenazó Zyra. —Hola a todos, encantada, me alegro de estar aquí. Ahora a comer —instó la chica tras pronunciar las palabras con suma rapidez. Su insistencia no era para menos. Aunque Arenea no había reparado en ello, la mesa estaba repleta de comida. Había verduras asadas, pollo, frutas, queso y enormes hogazas de pan. El olor era tan delicioso, que de alguna forma todos comprendieron la necesidad de probar aquellos manjares de bienvenida que tenía Zyra. Pero cuando ésta tomó un cuchillo y un tenedor con cada mano, alguien interrumpió.
— ¿Puedo sentarme aquí?
—Oh, dioses, por favor, no puede ser... —gruñó Zyra, posando su frente sobre su plato vacío. El chico que había llegado y había posado sus manos sobre el respaldo del único asiento libre, no era otro que el heredero de los Rajit, Naka. Había viajado con Arenea, pero en ningún momento se habían saludado. Y no es porque se llevasen mal ni mucho menos. Tanto Naka como la familia Aavari habían contado con varias ocasiones para relacionarse. El chico de tez negra no había cambiado nada desde su niñez, de forma que la princesa había sabido quien era en todo momento... pero parecía tan callado e introvertido, que ni si quiera se había acercado a ella. Arenea, que también era algo avergonzada en según que circunstancias, tampoco dio su brazo a torcer.
—Es que no sabía con quien sentarme. Y dado que las hijas de mi rey están aquí, pensé que... lo más lógico era que pidiese el favor de compartir la cena con vosotras. Con todos mis respetos, claro. —insistió con apuro en la voz. Rania y Anali se miraron de forma que Arenea pudo leerles el pensamiento. Era sabido que los Rajit eran descarados y extrovertidos, de forma que la actitud de Naka era todo un misterio.
—Claro que sí, siéntate. Aquí no somos superiores a nadie. Somos unas alumnas más, hasta que nos castigan con limpiar las caballerizas, claro.
—Es un honor — respondió Naka, quien de forma inesperada, se inclinó hacia delante en señal de respeto. Arenea se llevó una mano a la frente, puesto que todos a su al rededor ya habían dirigido su mirada hacia aquella escena. Ya está, ya estaba marcada del todo.
—Por favor, Naka, siéntate. No hagas esas cosas. Van a pensar que somos... unas tontas engreídas —susurró Arenea.
—El chico ha tenido respeto —aseguró Ajay.
—Nadie parece tratar a sus futuros reyes con respeto aquí.
—¿Que no? — se carcajeó Siham — Tu no has visto como miran desde esta mañana a los herederos de Jor ¿No? Ni si quiera al futuro rey de Arca lo tratan como a in igual desde que ingresó el año pasado.
—¿Quien es el heredero de Arca? —preguntó Arenea con curiosidad, llevando su mirada a todas partes.
—Pues es...
—¡¡¡Por todos los dioses!!! ¡Voy a comenzar a comer yo sola! ¡¿Me acompañáis o yo si que voy a empezar a trataros como a basura?! —La voz de Zyra sonó tan exasperada, que todo el mundo se se puso a comer con rapidez, llenando de nuevo de paz y serenidad el agitado y hambriento cuerpo de la hija del tesorero.
Mientras comía, Arenea no pudo evitar buscar con la mirada a esos futuros líderes de los reinos contrarios. Odhin y Sigrun ya se habían presentado solos aquella mañana, una pareja de hermanos enormes, musculosos y de un cabello tan rubio que parecía oro. Todo el mundo les miraba, casi les idolatraba después de aquel alarde de capacidad ofensiva y defensiva que habían demostrado. Si no fuera porque eran hermanos, casi harían una pareja perfecta. Pero el heredero de Arca... ¿Quien era? ¿Era hijo único? ¿No tenía competencia para heredar el trono? Por más que la chica llevó su mirada a todas partes, no encontró a nadie que pudiese concordar con la imagen mental que se había hecho del futuro monarca de un reino tan singular.
Por un momento, se preguntó como El Continente se había visto envuelto en una guerra que duró eones hacía miles de años. Ella no tenía nada en contra de sus futuros compañeros de liderazgo. Y aunque estaba segura de que sería su hermano Vijay quien heredaría el trono de su padre, podía afirmar con total rotundidad que él tampoco. Y, aunque las normas eran bastante estrictas sobre las relaciones entre las distintas regiones... debía admitir que sentía demasiada curiosidad.

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