martes, 6 de agosto de 2019

La tormenta llegó y no era como ninguna que Nero, experimentado marinero, hubiese visto nunca.

Tras un largo instante de oscuridad, cuando pudo abrir el único ojo sano que le quedaba, pudo discernir entre el polvo y la sangre cómo de un cielo tormentoso y oscuro llovían llamaradas negras. Sí, negras, negras como la mayor de sus pesadillas, como una noche sin estrellas. Negras como el Abismo.

Con un temblor insoportable en las rodillas se puso en pie. El jubón oscuro que llevaba puesto se le desprendió como la ceniza se desprende de una madera carbonizada, dejando su torso y espalda malheridos y ensangrentados a la vista de los pocos que hubiesen por allí, pues sólo podía oír gritos: gritos de agonía, alaridos que se arrancaban de las gargantas con un dolor indescriptible, gritos que, simplemente, no se podrían repetir jamás -¿Qué está...? No puede ser...- masculló para sí mismo mientras daba vueltas sobre sus propios pies, queriendo abarcar en su mirada un cuadro más grande, algo que le permitiese ubicarse. Lo último que recordaba era estar en La Torre, en la ventana más alta, cuando todo estalló con un fogonazo cegador -¿¡Qué diablos está ocurriendo!?- gritó desesperado, incapaz de entender nada.
-Ayuda...- la súplica llegó a sus oídos con dificultad. Nero se detuvo inmóvil en su sitio, tratando de discernir la dirección de la que provenía -Por favor... Gran Maestro...- entonces le vió. Un joven que había sido su estudiante años atrás se encontraba sepultado por un gran número de piedras y escombros que le estaban destrozando por dentro. El chico trataba de arrastrarse hacia fuera, pero uno de sus brazos se encontraba atrapado y le faltaban fuerzas. Tosía sin parar y no podía apenas respirar. De su nariz, boca y oídos manaba sangre de forma ominiosa, no presagiando nada bueno para su futuro.
-Espera ¡Aguanta!- pidió Nero, acercándose torpemente al ex alumno, tratando de apartar las piedras con las manos. A pesar de su buena y fornida forma física, estaba demasiado cansado y herido como para poder utilizar las energías suficientes. La magia, por supuesto, estaba igualmente descartada -Aguanta, quédate conmigo ¿Vale?- pidió nuevamente con esfuerzo, apartando un gran cascote de piedra de la montaña que aplastaba al muchacho. Para el Gran Maestro era fácil reconocer esas piedras. Todo ese montón de escombros que ardían por doquier entre llamas negras y ocasionalmente algunas anaranjadas y rojas eran la vieja Torre -¿¡Cómo hemos llegado a esto!?-
-La guerra...- tosió el chico -Es inevitable...-
-Espera... ¡Espera!- volvió a tirar de otra piedra, pero era demasiado pesada y grande.
-La guerra... es inevitable...- repitió una vez más hasta que el tenso cuerpo del muchacho se relajó de forma repentina y sus ojos dejaron de pestañear, así como su rostro de mostrar expresión de esfuerzo y dolor.
-Maldición... Esto no puede estar pasando...- se dijo una vez más mientras retrocedía, impactado y desolado por ver la muerte del muchacho.
-Está pasando- dijo otra voz a sus espaldas. Otra voz conocida. Un joven espadachín de cabellos largos y barba despeinada, con el rostro atravesado por una gran herida sangrante y una mezcla de ollín y polvo. Le faltaba el brazo derecho y la ausencia de ese miembro hacía que la manga de dicho brazo le bailase al son del viento -Y pasará-
-¿Ash...?- logró reconocerlo -¡Ash!- el joven no le respondió -¿¡Puedes decirme qué ha pasado!? ¿Qué está ocurriendo!?-
-Aquello que está destinado a ocurrir- la hoja de la katana que portaba en la mano izquierda brilló a la luz de las llamas y los relámpagos cuando comenzó a acercarse al Gran Maestro.
-¿Ash?- Nero trató de contenerse y mantenerse recto -¿Qué crees que estás haciendo?- Ash sin embargo no contestó. Se contentó con sonreir de forma pícara mientras aceleraba el paso -¡Detente!- ordenó Nero extendiendo una mano hacia él. Entonces, un mar de llamas se erigió entre ambos hombres y se alzó como una muralla impenetrable por parte del espadachín. Sus ojos salvajes desplegaron destellos un oscuro tono violeta a través del muro de fuego. La imagen de su silueta era la más espantosa que Nero había visto jamás. Fue en ese momento de realización cuando oyó el gañido poderoso y fiero en el cielo, del que ahora llovían llamas negras del Abismo y furiosas rojas, entremezcladas, como si se consumiesen las unas a las otras. En mitad de la gran tormenta un enormísimo ave rojo de llamas extendió sus alas y su majestuosa cola de diez plumas.
-Esto es de locos...- masculló, casi al borde de la locura por su falta de comprensión. Oyó pasos a su espalda y se giró raudo, en guardia. Una oscura silueta recortada por la luz brillante del pájaro de fuego le impidió ver quién era aquella persona que le tendía la mano en son de paz. Alguien, por fin, que le ayudaba -¿Ha llegado de verdad...?- preguntó con voz rota Nero -¿El mundo... se acaba hoy?- la persona en sombras asintió con tristeza y pesadumbre.
-Es inevitable- dijeron ambas personas, tanto el ayudante en sombras como el espadachín tras las llamas.

-¿Gran Maestro?- la voz de Anne, una de las profesoras y de origen arcasi, por fin sacó a Nero de su terrible pesadilla. El hombre se levantó envuelto en una capa de sudor que le recorría como la lluvia cada músculo de su cuerpo.
-¿Anne?- preguntó al percatarse rápido de quién era la persona junto a él. Con toda prisa, tomó el parche en la mesilla de madera junto a su cama y se lo colocó a toda velocidad. No tuvo tanta prisa para vestir su cuerpo medio desnudo, sin embargo. Nada le avergonzaba más que la pérdida de su ojo y la herida restante -¿Q-qué ocurre? ¿Sucede algo ahí fuera?- fue a levantarse, pero la maestra le detuvo antes de que se quitase las sábanas para no contemplar un espectáculo que, a priori interesante, no le apetecía descubrir en ese instante.
-No ocurre nada, Nero- por lo general todos le llamaban Gran Maestro, pero Anne y Roderick, Rody para su gusto más amable y dulce, se tomaban la libertad de llamarle Nero por acercamiento. A Nero, por supuesto, no le molestaba lo más mínimo que no le llamasen por un título concedido de forma apresurada y, en su opinión, poco meditada. Por esa razón de cercanía y paz mental podía sentir cierta predilección por el reino de Arca, pero como Gran Maestro se veía en la obligación moral de ser imparcial y de intentar que los aprendices de Kasir y Krommar, los otros dos reinos, llegasen a ser tan pacientes y considerados como la gente de Arca. Sabía de todas formas que eso era prácticamente imposible debido a las costumbres de los distintos clanes de cada territorio.
-He tenido una pesadilla horrible-
-Lo sé- dijo, apretándole la mano -Por eso te he despertado. Pasé por el pasillo y te oí gruñir. Pensé que podía suceder algo así que...- se peinó un mechón de sus cabellos castaños por detrás de la oreja. No lo tenía muy largo pero de vez en cuando parecía que le molestaba. Nero escuadriñó el sempiterno rostro cansado de la maestra arcasi y suspiró.
-No pasa nada. Hiciste bien- asintió con una sonrisa afable, recuperando la compostura y su forma de ser habitual.
-Bueno... Una nunca sabe cuando puedes estar acompañado...- entrelazó las manos pensativa.
-¡Anne! ¡Por favor!- se escandalizó Nero
-¡Ay! ¡Que todos somos humanos, hombre!- rió la maestra, poniéndose en pie. El Gran Maestro pudo ver por fin que lucía una vestimenta típica de Arca: un medio yukata blanco hasta la cintura, recogido con una cinta negra y unos pantalones de cuero color café con botas igualmente negras. Siempre pensó que la mezcla de ropas de Arca a veces eran hermosas y otras realmente desconcertantes, sin embargo aquella combinación le quedaba bien -Recuerda que hoy es el día de Pronunciación. Debes aparecer ante los recién llegados.
-¿Ya han llegado?- preguntó Nero esta vez sí, levantándose. Anne se dio la vuelta.
-Están llegando. Los aspirantes de Krommar están ya en el hall. Aún faltan los de Kashir y Arca-
-Esta vez vienen de todas partes ¿eh?- dijo poniéndose ya los pantalones y las botas, de negro todo ello. Le encantaba el color negro.
-Este año sí. Temo un poco por lo que pueda venir- suspiró la maestra.
-Siempre temes...- se quejó Nero poniéndose ya sí, por fin, el jubón marrón que en sueños se le desprendió. Se miró a un espejo que había en una esquina de su austera habitación para comprobar que todo estaba en su sitio.
-El equilibrio en la Torre es, cuanto menos, frágil- dijo ladeando la cara ligeramente para comprobar si el hombre ya se había terminado de vestir. Al comprobar que sí, se giró por completo para mirarle. Nero la miraba a través del reflejo en el espejo.
-Un equilibrio que nos corresponde mantener, Anne-
-Sé que es nuestro trabajo, enseñar a las futuras generaciones, pero...-
-Sigues temiendo a los Krom- afirmó Nero con paciencia y dulzura
-Y a los Asura- agregó ella
-Anne...- Nero se acercó a ella y le puso con gentileza una mano sobre los hombros para expresar cercanía y afecto. Ella le miró la mano sopesando el tamaño y el peso en su hombro. Después, le miró a su único ojo del color de la tierra -Son jóvenes, impetuosos e impulsivos- asintió ligeramente -Vienen de sus tierras, de sus clanes, a un lugar lejos de sus padres y sus cuidadores, donde van a estar mezclados con la gente de otras tierras y distintos clanes, para ellos, desconocidos. No es de extrañar que los más aguerridos lleguen queriendo posicionarse por encima de los demás como si este lugar fuese un coto de caza donde ser el máximo eslabón de la cadena alimenticia. En nuestras manos está que comprendan que aquí son todos iguales y que cuando se marchen, seguirán siéndolo- ante sus palabras, Anne se miró una de las manos. Una gran cicatriz le recorría desde la palma serpenteándole hasta perderse por la manga del yukata. Ella sabía hasta qué distancia alcanzaba aquella larga y horrible herida -No volverá a suceder- dijo Nero, sabiendo lo que estaba pensando -Conmigo aquí, no volverá a suceder. Estoy al tanto de todo cuanto ha acontecido en este lugar desde que se formó. Va a ser diferente- sonrió cálido y amable mientras Anne se perdía en su mirada. Apenas la mujer comenzaba a separar sutilmente los labios cuando Nero se apartó con cuidado de ella -Será mejor que procedamos- recordó
-S-sí, será mejor que vayamos- se recompuso ella, un poco apresurada y con nervios asomando.

El gran hall de entrada era una de las partes más antiguas y hermosas de la Torre, junto a la sala de ceremonias en la parte más alta. Como su nombre indicaba, era un grandísimo salón con pilares que se alzaban poderosos y robustos hasta sostener un techo decorado con imágenes culturales de los tres reinos, representando gloriosas victorias individuales por parte de cada reino, formando una cadena que convergía en el centro del techo, donde se encontraba el escudo de la Torre: la silueta del gran país sin bordes ni fronteras que delimite a los reinos en cuyo interior un ave ampara bajo sus alas un mar con una katana solitaria en el centro, semihundida. Al frente, frente al campo de visión de la entrada, las enormes escaleras que daban hasta la primera planta y desde donde Nero daría la bienvenida a los recién llegados se abría paso bajo la atenta mirada de tres bustos tallados sobre la puerta del primer piso: dos femeninos y uno masculino, los Tres Fundadores, patriarcas de sus respectivos reinos. Toda la Torre era, en sí, un homenaje a los reinos de forma particular, individual y a su vez colectiva.
-Bienvenidos- tronó la voz de Nero cuando apareció, por fin, junto a Anne. Todos los recién llegados estaban bajo las escaleras alzando la mirada hacia el Gran Maestro, acompañado por el resto de maestros. No serían pocos los que balbuceaban y criticaban el aspecto tan pobre del Gran Maestro en comparación al resto de maestros comunes que lucían sus mejores galas, siendo Nero similar a un personajillo típico de cantina en un pueblo cualquiera -Me llamo Nero y soy el Gran Maestro de la Torre a partir de este año y espero que por muchos más- sonrió -Sin desmerecer a mi predecesor, el Gran Maestro Digor, no trataré de agasajaros con largos y soporíferos discursos- al decir aquello casi se oyó un bajo clamor que le hizo reír -Ya, ya. Lo sé. Sois jóvenes y vivaces y ya bastante habéis oido de vuestros padres allende la frontera, en cada una de vuestras casas. No aquí. Pero que eso no signifique para vosotros que os reinará la anarquía- los maestros le miraron -Tengo una sorpresita que seguro que ninguno esperaba- a sus espaldas, mascullaron los profesores
-¿De qué estás hablando?- preguntó Anne, pero no obtuvo respuesta.
-Todos los recién llegados vais a atravesar una pequeña e insulsa prueba de mi propia mano, ahora mismo, donde yo os diga. Si lo lográis tendréis el gran honor y prestigio de pasar los mejores años de vuestra recién estrenada adultez en esta Torre, aprendiendo los valores de la paz y la convivencia. Si no lo lográis, bueno...- se encogió de hombros -Espero que os sigan esperando afuera los carros, porque volveréis a casa- hubo revuelo y mucho al decir aquellas palabras.
-¿Te has vuelto loco?- preguntó de nuevo Anne.
-Sin duda, no hace falta preguntarlo- añadió Rody, peiándose nervioso los cabellos color platino.
-Así que acompañadme todos al patio exterior- sonrió de nuevo aún haciendo caso omiso a todo el revuelo de los alumnos y los maestros. Iba a ser un interesante comienzo de preparación en la Torre gracias a su llegada...

No hay comentarios:

Publicar un comentario